Siempre tuve la certeza que de no ser Jackie Robinson quien rompiera la barrera del color, habría valido la pena intentarlo con el cubano Orestes Miñoso.
Se necesita carácter, dominio propio y fe en un mundo mejor para aguantar lo que estos tipos toleraron, en una época en la que se te juzgaba por el color de la piel.
Pero Robinson fue el primero y abrió la brecha, tras aguantar los primeros disparos en una lucha desigual y en la que no tenías permitido atacar. Y al final se impuso.
Miñoso combatió el racismo con una sonrisa en su rostro, porque al igual que Robinson nunca tuvo en cuenta las limitaciones o defectos de los demás. Tomaban lo mejor de cada quien.
El estilo dinámico, la versatilidad de su juego y el entusiasmo que imprimía en cada jugada hicieron de Miñoso un jugador decisivo para los Medias Blancas y excitante para los fanáticos.
Acumuló ocho campañas sobre .300. Y aunque siempre se habló de su velocidad, cuatro veces bateó más de veinte jonrones y remolcó más de cien carreras.
Diez veces fue líder en golpes recibidos, la mayoría de los cuales no fue a buscar. Se los pegaban para apagar su entusiasmo, pero fallaron.
Una vez le dieron un bolazo a Miñoso. El mánager Paul Richards le pidió que saliera del juego. Estaba muy afectado. “Ve al hotel y nos reencontramos en la serie en Nueva York”, le dijo.
“De aquí no salgo. Si lo hago, se regará el mensaje en cada ciudad y en cada juego creerán que a base de bolazos pueden intimidarme. Eso no lo permitiré”, respondió.
Y siguió. Recurrió a sus piernas, brazo, guante y bate para defenderse, pero sobre todo a su sonrisa, que no fue apagada ni con su muerte.
“Responde cada agresión con una sonrisa”, fue el consejo de sus padres y eso no solo lo mostró como alguien sabio, sino que le permitió entrar en el corazón de un deporte que llora su partida.
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