Para todo el que siga el resquebrajamiento en cámara lenta de la economía, el imperio de la ley y todos los demás signos vitales de la vida democrática en Venezuela, aquí hay un acertijo.
¿Cómo es que la amplia mayoría de los ciudadanos del país rico más pobre de América Latina, con algunas de las reservas de petróleo y gas más grandes del mundo, están hartos de la vida en la República Bolivariana y aún no se han vuelto contra el Palacio de Miraflores y mucho menos se han unido a la oposición? Dos encuestas recientes de Datanalisis y Hinterlaces muestran que de siete a ocho de cada diez venezolanos creen que el presidente Nicolás Maduro está haciendo las cosas muy mal y más del 85 por ciento dice que la situación del país es mala. El índice de popularidad de Maduro cayó a tan solo 22 por ciento.
64 % fue la inflación durante 2014 en Venezuela, según datos oficiales.
Esto debería ser pan comido para los enemigos de Maduro antes de las elecciones legislativas de este año. En cambio, la oposición venezolana está fracturada y tambalea.
Una encuesta de enero reveló que, aunque alrededor del 40 por ciento de los venezolanos simpatizaba con el mensaje de la oposición, solo el 19 por ciento respaldaba al bloque insignia de la oposición, la Mesa de la Unidad Democrática. “No tienen discurso ni mensaje ni propuestas”, es la forma en que el encuestador Oscar Schemel, presidente de Hinterlaces, definió el aprieto en que se encuentran los antichavistas en una entrevista por televisión.
35 mil millones de dólares podrían ser los ingresos de Venezuela en 2015 por exportaciones petroleras, frente a los 75 mil millones de 2014, según cálculos de economistas.
La manipulación oficial de las elecciones no ha colaborado. En 2010, los candidatos de la oposición obtuvieron el 52 por ciento de los votos pero, gracias a una serie de maniobras, terminaron con solo el 41 por ciento de las bancas legislativas.
Problema existencial
Y, sin embargo, el mayor problema de la oposición podría ser de tipo existencial. Los enemigos del régimen bolivariano han condenado elocuentemente las violaciones de los derechos humanos, la censura de la prensa y la suspensión de los derechos civiles que tuvieron eco en agrupaciones como Human Rights Watch y dieron lugar a críticas de pesos pesados como el ex presidente de Estados Unidos. Bill Clinton y el ex primer ministro español José María Aznar. El mensaje les llega menos a los venezolanos. Ocho de cada diez piensan que el delito y el descalabro económico pesan más que la política. Pese a todos sus conmovedores lamentos, la oposición no ha logrado ofrecer una alternativa creíble. Puede que ello se deba a que, en su fuero íntimo, comparte algunas de las ilusiones del chavismo.
96% de las divisas de ese país provienen de las exportaciones petroleras.
“Venezuela no es un estado socialista”, dijo el historiador de la Universidad de Nueva York, Alejandro Velasco. “Es un petroestado, lo que significa que la conversación no pasa por cómo construir una democracia más fuerte sino por la distribución de las rentas y quién controla la riqueza nacional”, añadió. “Eso hace que dictadura y democracia sean dos caras de la misma moneda”.
11 mil millones de dólares entre bonos soberanos y deuda de la estatal Petróleos de Venezuela deberá pagar Venezuela este año, según datos de Barclays Capital.
Con la hemorragia del régimen de Maduro, la marca bolivariana nunca se vio tan vulnerable. Si este año se celebran las elecciones legislativas —el gobierno todavía no ha fijado una fecha—, la oposición venezolana podría obtener la mayoría en el parlamento. Pero aun así, el mayor problema no es ganar sino qué hacer una vez en el poder.