El secretismo con que se están manejando algunos temas del Canal es para mí como la primera piedra en contra de su construcción. La falta de información ha sembrado una desconfianza nacional e internacional casi absoluta que convierte a esta política de Estado, la del secreto gubernamental, en el “talón de Aquiles” de dicho megaproyecto.
Es justo reconocer que las autoridades del gran Canal se han preocupado de colgar detalles técnicos de su sueños en cientos de web, pero han dejado por fuera aspectos importantes como son sus socios y principales inversionistas. A esto se le suma la carrera con que fue aprobada la Ley 840, sin consulta, ni debate y que anuncia partir el país en dos, entregar nuestra soberanía y poner en peligro una gran riqueza natural como es el Lago de Nicaragua, sus tierras aledañas y la Isla de Ometepe entre otros tesoros.
Digo que es el “talón de Aquiles”, porque en estos tiempo en que la información se ha convertido en un bien de primera necesidad es imposible tener éxito en la promoción del desarrollo, luchar contra la pobreza, prevenir desastres naturales sin respaldo popular y menos cuando la población se siente excluida por sectarismo político o intereses oscuros.
Es difícil también que con tantos secretos logre acceso a los mercados de capital a nivel internacional. Todos sabemos que para entrar a las bolsas mundiales o lograr préstamos de los bancos internacionales, el primer requisito es la información privada de los socios junto con los planes de factibilidad técnica, financiera, ambiental y social, información que, además, es de acceso público obligado por ley.
La otra cara del secretismo sobre el Canal es que la desconfianza sembrada por los secretos de Estado han provocado protestas públicas, manifestaciones populares que no se organizan en la oscuridad de la noche sino con espontaneidad y a plena luz del día.
Estas han promovido también el surgimiento de líderes comunitarios naturales que logran la unidad de miles de ciudadanos que de una u otra forma se sienten afectados o lastimados en su derecho. Las protestas incluyen hasta niños que la semana pasada no fueron a clase pero si a la calle a gritar: ¡“Que quieren los niños, que se vayan los chinos”!
Junto con ellos todos tenemos razones para protestar y reclamar sobre los tres grandes secretos del Canal. El primero es el precio de la tierra que podría ser confiscada al valor catastral de acuerdo a la Ley 840. Ha regresado el temor a las confiscaciones que vivimos en los ochenta, al desarraigo que tanto dolor trajo a Nicaragua.
El segundo gran secreto por el que protestamos es en relación a los planes que podrían destruir nuestro gran lago junto con el medio ambiente y tercero, el secreto sobre el futuro de nuestra Soberanía nacional porque la Ley 840 la entrega de forma total a un ciudadano chino todavía desconocido en sus credenciales.
La respuesta gubernamental a estos levantamientos populares inesperados en contra del Canal, ha sido la típica del poder absoluto que recurre a la represión violenta logrando sembrar odio y rencor en los corazones de sus víctimas, golpes que las agrupan para convertirse en el “talón de Aquiles” de cualquier gobierno represor de las libertades públicas.
La autora es periodista.
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