“Dios quiere una iglesia en salida y no estancada”, dijo el cardenal nicaragüense Leopoldo Brenes en Honduras mientras oficiaba una misa el 3 de febrero pasado. Y proyectó: “Salir y dar a conocer el evangelio, no ser una iglesia charco, porque esa agua estancada se pudre, eso transmite enfermedades, muertes”.
A los nicaragüenses estas palabras nos llenan de esperanza porque hablan de una proclamación del evangelio a los habitantes de nuestra moral y espiritualmente empobrecida tierra. Porque nos habla de una iglesia dispuesta a despejar todo eclipse que obstruya la luz de Cristo. Una iglesia empeñada en abrir todo campo que permita florecer el espíritu y honrar el plan de Dios.
Lo anterior es significativo, ya que encierra la convocación del pueblo ante el Señor para restablecer el orden de las cosas, restaurar el valor de la Ley y darle vida al cuerpo de Cristo a través de la Iglesia. Esto equivale a una iglesia viva, dispuesta a todo esfuerzo por nuestra liberación.
Es razonable, pues, suponer que una casa de Dios más unida, altamente conceptuada y sólida está siendo reconstruida en Nicaragua y el cardenal Brenes ha colocado la piedra angular con ferviente amor al prójimo, obligante moralidad y ascendente, renovada espiritualidad.
Evidentemente el cardenal Brenes parte de la aceptación que en Nicaragua vivimos tensos momentos de polarización y desintegración social. Navegando en estancadas aguas putrefactas, con ciudadanos cada vez más alejados entre sí y más alejados de Dios. Es por eso que la Iglesia debe emerger con su pueblo del actual estancamiento, a través de la comunión entre los hombres y entre los hombres y Dios.
El cardenal Brenes no desconoce que hay una herida abierta en el costado de este pueblo crucificado por el terrorismo de Estado. Y al escuchar al Señor, pretende hacer renacer su Iglesia en el momento y lugar que el pueblo nicaragüense cuelga moribundo en la cruz. En el momento y lugar que el dictador nicaragüense, Daniel Ortega, continúa pretendiendo vincular —de artificiosa manera— a la Iglesia católica como aparato estatal.
La continua santificación de la Iglesia está, pues, en las manos del cardenal Brenes. De apoyarse este al compromiso establecido durante su visita a Honduras, estaría cumpliendo con la naturaleza misionera de la Iglesia.
El cardenal Brenes ha sido bendecido con un sentido de misión, con atributos carismáticos y con el privilegio de las oportunidades. Todo lo demás depende de su propia voluntad, su sentido de caridad, de sacrificio y de humildad.
Con toda certeza el pueblo de Nicaragua sabe que la divinidad de la Iglesia no descansa en diálogo alguno o en la pretensión de alcanzar algún consenso con el gobierno represivo que cada día destruye más la fe de los nicaragüenses en lo humano y en lo divino.
Aunque una mediación de los prelados lograra cierta reducción en los atropellos provenientes del Estado, no se restablecería ni la fe ni la esperanza. Por el contrario, lo que se lograría es la obstrucción de la comunicación entre la Iglesia y el pueblo, así como la devaluación de la verdad y la gracia que fluye entre la sociedad y la comunidad espiritual.
La responsabilidad de los prelados atiende en gran medida a valores humanos que, como nos ha demostrado el cardenal Obando y Bravo, son capaces de desprenderse de toda subordinación a lo divino. Responsabilidad que puede bien abrazarse al cuerpo de la muerte o al templo de la luz.
El autor es economista y escritor.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A