Si no ha visto la película Inquebrantable (Unbroken), véala —o lea el libro—. Y si es padre o amigo de adolescentes, invítelos. La cinta, además de ser buena cinematografía, enseña una de las virtudes más importantes: la fortaleza. Su protagonista es un héroe de la vida real, el soldado norteamericano Louis Zamperini, quien resistió sin rajarse adversidades tremendas, incluyendo el brutal tratamiento de sus captores.
Los antiguos, incluyendo Aristóteles, consideraban esta virtud como una de las más importantes. Séneca acuñó la frase: “Por la ruta áspera se va a las estrellas”. Igual la destacaba la Biblia al decir en Job que “la vida del hombre sobre la tierra es milicia” y Jesús afirmando que “el Reino de Dios lo alcanzan los que se hacen violencia”.
La psicología moderna ha corroborado que la fortaleza es un predictor de éxito más fuerte que la inteligencia o que el famoso IQ. La Universidad de Harvard, en su manual de admisiones, establece como uno de sus criterios de selección más determinantes, que sus aplicantes posean “capacity to endure hardship”, la capacidad de soportar tribulaciones.
Un aspecto de esta virtud, que en inglés suele denominarse “grit”, es la pasión para perseverar en la consecución de metas a largo plazo; la capacidad de resistir lo adverso, lo desagradable, lo duro, en pos de un objetivo o ideal. Decía al respecto San Josemaría que “el fuerte llora pero se bebe sus lágrimas”, es decir, sufre y quizás vacila, pero se repone y persevera en su camino, poseído de una voluntad inquebrantable de llegar hasta el final.
Una persona puede ser muy inteligente y dotada, pero si carece de esta virtud no llegará largo. Les ocurre a las multitudes que se quedan a medio camino, que tiran la toalla, que caen víctimas del desánimo o que se deprimen fácilmente ante las dificultades.
El testimonio del poder de la fortaleza, que muestra esta película, sirve para subrayar lo importante que son las virtudes en general para sobrevivir, triunfar y dar frutos. Transmitirlas debería ocupar un sitial cimero en el currículo y en la agenda formativa de quienes son padres o guías de otros. Sin menospreciar el valor de los conocimientos, o el cultivo de lo que se llaman “capacidades duras” o cognoscitivas, las virtudes, o lo que algunos llaman equívocamente “capacidades suaves”, son decisivas para el aprovechamiento de las primeras y para producir mejores ciudadanos. Tan es así que hoy día son las que más valoran los empleadores o las empresas.
¿Cómo enseñarlas? William Bennett, exsecretario de Educación de los Estados Unidos, publicó con este fin El libro de las virtudes . En él destacaba diez virtudes por medio de historias y anécdotas graduadas de acuerdo con distintas edades. Así buscaba enseñar con ejemplos la importancia del coraje, la honestidad, la diligencia, la paciencia, etc. Algo similar había hecho tiempo atrás el italiano Edmundo de Amicis con su libro Corazón , escrito para promover valores en la juventud.
Muchos pedagogos han enfatizado el efecto positivo que pueden tener el deporte y los entrenamientos en fomentar virtudes como la cooperación y la fortaleza. Aristóteles observó acertadamente que las virtudes no se logran de golpe sino con la repetición sostenida de pequeñas acciones virtuosas, hasta que se vuelven hábitos.
Promoverlas implica conocerlas, exaltarlas y premiarlas; en los hogares primero y luego en las escuelas, empresas e instituciones. Pero sin olvidar dos verdades: que el campo de batalla más importante comienza por uno mismo y que el maestro más efectivo es el ejemplo.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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