César Augusto Bravo Vargas

ELeón Núñez, el pontífice de la sátira

E

scribir mal es la enfermedad de nuestro siglo. El virus de la literatura chatarra lo ha infectado todo. Sus síntomas aparecen por todas partes. Muchos libros, varias revistas y los rotativos son los vectores que transmiten la pandemia. Algunos tabloides transmiten la peste lanzando un bombardeo sistemático de escritos de lamentable calidad. Basta leer la sección de “cultura” de cualquier periódico para comprender que el palabrerío sin sentido, la redacción descuidada o pobremente labrada y la monotonía y hasta la ramplonería son aplastantes.

El fenómeno está fuera de control, pues todos los literatos de hoy creen —como dijo el caudaloso Nietzsche— que escribir mal es un privilegio. Así, un nuevo escritor se ha adueñado de la creación literaria a quien, con salvadas excepciones, no le interesa la transpiración borgiana, es decir, que no conoce el principio del esfuerzo y la disciplina en el quehacer literario y en consecuencia estamos cumpliendo la sentencia que lazó el poeta Guillermo Rothschu Tablada cuando dijo que de malos lectores devienen pésimos escritores. Gran decir, diría el desbordante Darío.

Pese a todo, dentro del deprimido universo literario hay plumas, pocas por cierto, que escapan al mortal contagio, como aquella que esgrime el escritor de sátira León Núñez quien, con el ingenio, la destreza, la potencia de su estilo y su particular forma de narrar los fenómenos sociales, ha sabido escapar airoso del pandémico estallido.

Para hacer de la sátira un verdadero arte, la prosa de León Núñez se mete por los caminos de la ironía, la burla, la analogía, la hipérbole, la parodia, la yuxtaposición, la comparación y el doble y contrasentido.

Todo lo reprochable y criticable lo enviste humorísticamente. Con su estilo irónico, Núñez nos lleva a la verdad a través de lo absurdo, demostrándonos que los asuntos serios no tienen por qué ser solemnes y, como es propio en todo destacado intelectual, está poseso de ese espíritu que lo motiva a intervenir en la vida pública, a inmiscuirse en los asuntos de Estado y a señalarnos los puntos de inflexión que tuercen el curso de la historia.

Con la alusión, la burla, la ridiculización y el humor negro, el escritor logra mostrar —sin llegar al insulto— la estupidez, la locura, la injusticia y las boberías humanas más visibles de los personajes nicaragüenses que no logran esconderse ante su aguda y penetrante mirada de lince. Asumiendo con responsabilidad su oficio de escritor se convierte en la voz de los sin boca.

Teniendo en cuenta que toda historia es un bifronte de versiones, vemos cómo los personajes que protagonizan sus artículos pretenden sacudirse su crítica perspicaz y su rechinante humor, tildándole de libelista, de ser alguien que disfruta de burlarse del trabajo ajeno, sosteniendo que sus escritos solo sirven para complacer a los egoístas, envidiosos y fracasados. Los artículos de Núñez —que han venido a remover la bilis de los incautos aludidos y de aquellos que gustan de sudar calenturas ajenas— distan en mucho de ser lo que ellos quisieran que sean, trabajos ásperos, duros, despiadados, enconados y devastadores. Claro está que muy a su conveniencia estos niegan los derechos de esa realidad que a diario nos muerde.

Además, donde no existe alguna bilis, hiel o amargura, tampoco puede haber ironía, al igual que sin indiscreción no existe humorismo y pese a que la sátira nuñensiana juega con la hipérbole, esta siempre está sustentada en la descarnada realidad.

Por ahora, cuando de sátira se habla, León Núñez es referencia obligada. El autor es miembro fundador del Grupo Literario Huellas de Chontales.

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