Los tiempos de la deflación

En Europa se han enseñoreado el estancamiento, las altas tasas de desempleo y las tendencias deflacionarias, mientras Japón no logra alcanzar su objetivo de contrarrestar el peligro deflacionario.

En Europa se han enseñoreado el estancamiento, las altas tasas de desempleo y las tendencias deflacionarias, mientras Japón no logra alcanzar su objetivo de contrarrestar el peligro deflacionario. En los EE.UU. la tasa de inflación se mantiene por debajo de la meta de la Reserva Federal.

Ello, pese a la implementación de políticas monetarias “no convencionales” que han expandido a tasas sin precedentes la hoja de balance de los Bancos Centrales. En China han hecho también su aparición las presiones deflacionarias.

Para estar claros, las presiones deflacionarias no se iniciaron con la debacle del precio del petróleo, sino que son, principalmente, la manifestación de una situación preexistente de insuficiencia global de la demanda, estrechamente vinculada con el comportamiento de los salarios. En las últimas décadas el crecimiento de estos se ha visto severamente restringido. En los EE.UU., el Reino Unido, el Japón y varios países de la zona del euro, los salarios medios reales siguen siendo inferiores a los niveles de 2007. De hecho, en los EE.UU. los salarios reales correspondientes al cuartil inferior llevan tres decenios sin aumentar.

Los salarios reales en buena parte del mundo han crecido muy por debajo del incremento de la productividad, y ello se ha reflejado en la sistemática reducción de la participación de los salarios en el valor agregado.

El punto es que los salarios, si bien representan un costo de producción cuyo crecimiento se busca restringir en aras de lograr ganancias de competitividad y resguardar la rentabilidad, representan al mismo tiempo una fuente básica del ingreso disponible y de la demanda de consumo de los hogares.

Por esta razón, el estancamiento de los salarios y del ingreso de los hogares a escala global implica un lento crecimiento subyacente de la demanda. Esto significa que la creciente concentración del ingreso y la sistemática disminución de la participación de los salarios tiene como contrapartida una marcada insuficiencia global en la demanda.

Esta situación está reflejando la pérdida de poder negociador de los trabajadores debido al retroceso de la sindicalización desde los años 80, la desregulación del mercado laboral y el hecho de que en las últimas décadas cientos de millones de trabajadores chinos y de otros países emergentes se incorporaron súbitamente al mercado de trabajo global, lo cual representó una formidable presión a la baja sobre el precio relativo de la fuerza de trabajo en todo el mundo.

Por supuesto, si un gran número de países, sobre todo de gran tamaño, buscan la salida al crecimiento restringido de la demanda interna recurriendo a la demanda externa, esto es, promoviendo las exportaciones en base a la disminución del costo salarial unitario, en un mundo de insuficiencia global de la demanda, el resultado será una mayor presión a la baja sobre la demanda global y la generalización de las presiones deflacionarias. La implementación de las denominadas políticas de austeridad refuerza la insuficiencia en la demanda e incrementa las presiones deflacionarias.

Durante algún tiempo, en los EE.UU. las familias procuraron compensar el estancamiento de sus ingresos recurriendo al endeudamiento —utilizando el precio en ascenso de sus viviendas como colateral—, y el país como un todo pudo gastar muy por encima de sus propios medios al ser financiado por los países superavitarios (primero Japón, luego Alemania, los países exportadores de petróleo y finalmente China).

En Europa, los países del sur de la eurozona vivieron una fase de auge a partir de los préstamos de los países superavitarios del norte, principalmente Alemania, que estaban creciendo en base a su excedente exportador, sustentado en una producción manufacturera de alta calidad y la restricción de los costos salariales.

En China, el restringido crecimiento del ingreso y el consumo de los hogares fue compensado por un fuerte crecimiento exportador, basado en bajísimos costos salariales, y en una tasa de inversión extraordinaria.

Pero estos “motores del crecimiento” se han agotado, y las presiones deflacionarias comienzan a reinar con toda su fuerza.

(*)Economista

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