Miguel prefiere que le llamen Maicol. No sabe por qué, pero le gusta más que el nombre propio. Ahora tiene 7 años y ya decide cosas con la tierna lógica de la infancia. Que la gorra prefiere usarla de lado como los raperos, que no le gusta acercarse a las motos porque se ha quemado con los escapes y que no le gusta que lo regañen cuando trata de limpiar los vidrios de los carros. Por eso, dice él, pide permiso y si le dicen que no, no insiste. A veces no le permiten acercarse a los vidrios de los carros, pero le dan el córdoba de rigor.
Y él, alegre, lo guarda en sus pantalones y suma al final de la tarde la recompensa del día: entre 40 y 60 córdobas. ¿Su mamá? Allá está, vendiendo mangos y naranjas.
Miguel compite en este punto, este jueves 29 de enero, con 53 personas de todas las edades que en promedio se reúnen en esta zona de la capital para limpiar vidrios, vender frutas, ofrecer accesorios para teléfonos, vender agua helada, pedir limosnas en silla de ruedas, hacer malabares… de todo por un córdoba.
El fenómeno en la capital y en las principales ciudades del país no es nuevo, pero viene creciendo sin control y llena los cruces y semáforos de la capital en nutridos grupos de personas que, como, en un escaparate, ofrecen sus pobrezas y exhiben sus miserias.
Así, uno se encuentra a Alfredo o Roberto, como a veces se presenta, de 47 años hoy y de 50 la semana pasada, quien asegura convivir con el VIH y pedir para unas medicinas que nadie, nunca, se las ve en las manos, pero el hombre ahí anda, tocando los vidrios de los carros y pidiendo con mucha educación unas monedas para poder vivir.
Los capitalinos aún se espantan de un joven que desde hace más de 12 años deambula de bus en bus y de parada en parada, mostrando un tumor casi en carne viva, que ha crecido monstruosamente. Esa pelota de carne, con llagas y maloliente, es su único medio de vida y le sirve para ganar unas monedas de lástima o asco.
Dicen que se llama Francisco, que vive con una tía por el sector de la rotonda Cristo Rey y que “es medio loco”, pero nadie puede decir que lo suyo sea un cáncer. “Yo lo recogí una vez por la P del H, estaba golpeado, parece que lo atropelló una moto y lo quise llevar al hospital, pero me dijo que mejor lo llevara donde la tía de Cristo Rey para el lago, ahí se metió en un callejón del Dimitrov”, cuenta Félix Sánchez, taxista-cadete que asegura conocer a todos y cada uno de los muchos mendigos de los semáforos de Managua.
Las paradas de buses y los buses mismos también son vitrina de la pobreza del país. ¿Quién no conoce a José Santos Orozco? No vidente de nacimiento, con 67 años encima y dueño de un mal carácter especial, se sube todos los días entre el 7 Sur y Metrocentro, con una armónica desafinada con la cual canta a mal tono: “Demos gracias al Señor, demos gracias…”. Se le acusa de todo: de vulgar, desaseado, insistente y morboso.
En los buses las estudiantes universitarias le rehúyen y los vendedores ambulantes discuten con él. Y él siempre responde cuando las monedas no llegan en cantidades suficientes a su mano extendida: “Qué montón de gente jodida más pinche, ni para comer le dieron al pobre ciego, coman mierda…”
Cuando se le pregunta por qué trata así a la gente, responde airado: “¿Y vos sos mi papa o mi jefe, hijo de p…, cochón…”. No permite entrevistas ya.
Quizás sea el mal momento, porque en los buses la competencia por el córdoba del prójimo es feroz. Donald Estrada lleva cinco años metiendo y sacando hijos, padre, madre, esposa y hasta abuela, de los hospitales.
Cada día que puede se inventa una historia, se acompaña de falsas epicrisis y recurre al teatro para ganar el pesar de la gente. Sin embargo, tantos años subiendo con las mismas historias a los buses, han destruido su credibilidad. “¿Ahora a quién vas a matar?” Le grita un vendedor de tarjetas electrónicas de la parada de Metrocentro y Donald, furioso, le grita: “A tu madre”.
Luego se sube a una ruta 114 y se pierde entre la gente. Nadie sabe dónde vive, ni de dónde vino, ni si se llama realmente Donald Estrada: “Un día dice que es de León, después que es de Matagalpa y hasta dice que nació en la Costa. Es bien mentiroso”, dice Carlos Rodríguez, vendedor de gafas para sol afuera de Metrocentro.
Hasta hace pocos años, era usual ver a niñas o mujeres maduras cargando niños recién nacidos casi siempre dormidos bajo el sol rudo de Managua, pero esas escenas ahora son escasas. Otras miserias han sustituido las escenas y los semáforos y las paradas lucen llenas de gente exhibiendo sus pobrezas.
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