A propósito de los 90 años del poeta Ernesto Cardenal, en cuyas declaraciones enfatiza el carácter corrupto del gobierno de la familia Ortega-Murillo y que han tenido una gran repercusión internacional, es bueno reflexionar sobre cuántos hermanos y hermanas nicaragüenses en los últimos decenios no pudieron llegar a esa dichosa edad, porque se quedaron en el camino al truncarse sus vidas en el altar de la patria, defendiendo su amor inalienable por la justicia, por la democracia y por la libertad.
¿Cuántos de estos bajaron a la tumba fría pensando en que su holocausto no sería en vano? ¿Cuántos además del tributo de su sangre, cruzaron los linderos de la eternidad compungidos de dolor pensando en que dejaron atrás a madres, esposas, hijos, a quienes nunca más volverían a ver, pero que valía la pena el sacrificio porque a cambio les dejaban una patria mejor?
No hay duda de que la historia de Nicaragua está pletórica de páginas sangrientas y que desde la cúspide de la pirámide social, hasta el más humilde de nuestros campesinos, siempre el nicaragüense ha dado muestras extraordinarias de su amor por la libertad. Si hiciéramos una mirada retrospectiva, fácilmente podríamos comprobar que todos los movimientos insurgentes que se produjeron en el siglo pasado estaban inspirados en ese principio vital. La Revolución Constitucionalista de 1926, luego retomada por el general Sandino en contra de la intervención extranjera (1927-1932); abril del 54; 22 de enero del 67; la insurrección que culminó el 19 de julio de 1979 y la lucha tenaz e insoslayable de la Resistencia Nicaragüense (RN) en la década de los ochenta; todos estos movimientos estaban inspirados en su repudio a toda forma de tiranía o gobierno dictatorial o en defensa de la soberanía nacional.
Pero lo trágico de esta historia y donde quiero llegar es: ¿Cómo es posible que después de tanto dolor, tantas lágrimas y tanta sangre derramada, los nicaragüenses sigamos viviendo bajo la férula de un dictador? Estoy s de acuerdo con lo expresado por el padre Ernesto Cardenal, de que no es para instaurar un gobierno corrupto como el de los Ortega-Murillo, por lo que hicimos la revolución. Aún recuerdo cuando pocos días antes de la caída de la dinastía somocista, a los demócratas del Frente Amplio Opositor (FAO) los del FSLN nos acusaban de querer implantar en Nicaragua un “somocismo sin Somoza” ¿Es que acaso no se ha convertido Daniel Ortega en el clon de Somoza, pues parece haberle dicho: “Quítate tú, para ponerme yo”, con sus haciendas, sus mansiones y sus canales de televisión y lo que es peor, con su pretensión de heredarle el poder a su propia familia dinástica? Con la burda entrega del Canal Interoceánico a los chinos ¿no está haciendo lo mismo que hacían los Somoza al entregar arbitrariamente parte de nuestro territorio nacional a los norteamericanos para que invadieran Guatemala (1954) y a Cuba (1961)? Con los cuatro fraudes electorales sucesivos, por los que se mantiene en el Gobierno, ¿no actúa igual que los Somoza con su Consejo Supremo Electoral que valiéndose de magistrados corruptos se burlan del pueblo y de la alternabilidad en el poder? ¿No es esta la viva imagen del somocismo sin Somoza, pero que ahora se llama Daniel Ortega?
Es necesario que los nicaragüenses, por esos muertos que desde sus tumbas nos reclaman y por esa juventud que ansía un porvenir con justicia y libertad, nos unamos en un frente de lucha común hasta alcanzar la verdadera democracia para todos y por el bien de todos. La lucha contra la dinastía somocista nos demostró que no hay poder en este mundo que sea capaz de frenar a un pueblo dispuesto a conquistar su libertad. Todas las dictaduras caen, tarde o temprano tienen que caer, pero de la unidad de todos nosotros los nicaragüenses demócratas depende el día y la hora en que esto habrá de suceder.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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