La normalización de las relaciones cubano-estadounidenses subraya debilidades del castrismo, soslayadas por una izquierda en plena algarabía por la victoria sobre la diplomacia norteamericana. Pero es históricamente incuestionable que el castrismo fue el que gimoteó para acercarse a Estados Unidos (EE. UU.). La naturaleza dictatorial y, fundamentalmente, las actividades internacionales castristas, obligaron a EE. UU. a rechazar al castrismo. Finalmente, Obama decidió bajar unilateralmente casi a cero los requisitos para la apertura, cuando Cuba espera un cambio generacional y pide oxígeno, arruinada por su sistema político-económico, dependiente de subsidios extranjeros (ayer la URSS, hoy la tambaleante Venezuela chavista). El deseo castrista, hoy concedido, contradice su permanente propaganda sobre la intrínseca maldad de las relaciones mercantiles internacionales del capitalismo estadounidense. ¿Puede haber contradicción más evidente? Veamos algunos argumentos que celebran “la normalización”.
Habrá “enormes beneficios económicos bilaterales”. En verdad, tales expectativas son infladas. Cuba, economía pequeña y destruida (con un PIB per cápita de $$4,500, muy inferior —por ejemplo— al de Costa Rica, y con salarios de unos $$25 mensuales para profesionales), no puede ofrecer “inmensas oportunidades”. Menos aún con su actual marco jurídico-político.
“El pueblo cubano será el gran beneficiado por el influjo de familiares visitantes, turistas norteamericanos, uso de tarjetas de crédito, etc.” “El embargo, que ahogaba a Cuba, ahora la dejará desarrollarse” (si fuera levantado totalmente). Pero las tarjetas de crédito se usan en negocios estatales (como en las “diplotiendas” cubanas) y las ganancias por ventas son del Estado. Además el embargo siempre dejó abiertas enormes puertas. Por ejemplo, las remesas familiares desde EE. UU. en ocasiones han sido la segunda fuente de ingresos de la ruinosa economía social-castrista. (Sólo los liberalmente contabilizados “envíos a Cuba”, —medicinas, ropa, etc.— desde muchísimas tiendas de Miami, suman cientos de millones de dólares) Por otra parte, EE. UU. siempre ha vendido medicinas y alimentos a Cuba, aunque deben pagarse en efectivo. (Ciertas oportunidades específicas estimularon desde hace rato a sectores agropecuarios norteamericanos al cabildeo pro-“normalización”). Con todo, aunque el aumento de esos flujos tendrá algún efecto, éste será limitado. No serán elementos realmente novedosos en la economía del cubano promedio.
“Las nuevas medidas acercarán Iberoamérica a EE. UU.” Falso. El tema cubano, fuera de su naturaleza puntual discutida periódicamente en foros inoperantes, no ha sido elemento decisivo en las relaciones interamericanas. Las posiciones ideológicas de amigos y enemigos regionales de los EE. UU. no cambiarán.
“EE. UU. comercia con las dictaduras china y vietnamita. ¿Por qué exigen otras condiciones a Cuba?” Pues simplemente por realismo. Por proximidad. Por tamaño. Es casi imposible presionar a China, pero no a Cuba. Si no se puede promover la democracia en un país. ¿Eso justifica no promoverla en ningún sitio?
“Hasta Obama dice: El embargo fracasó durante décadas”. Erróneo. El embargo nunca intentó derrocar al castrismo, sino evitar que usara recursos norteamericanos para fortalecerse.
Indudablemente, la situación cubana cambiará pues nada es estático. Ya venía cambiando, por insostenible. Pero ese modelo, salvo reformas periféricas oxigenantes, intenta preservar su núcleo. Lo cuestionable de la decisión de Obama no fue dialogar, sino fue ceder innecesaria y unilateralmente ante su interlocutor, sin evaluar correctamente el impacto de sus concesiones.
Finalmente, “el cese del embargo dejará sin pretextos al modelo castrista”. Argumento risible. Las excusas y mentiras son inagotables. Recordemos a Pepito, el niño travieso quien una vez llegó tarde y lloroso a clase. Así dialogaron: La maestra: “¿Qué te ocurrió?” —Pepito: “¡Me asaltaron!” —La maestra: “¿Qué te robaron hijito?” —Pepito, llorando: “¡La tarea maestra, la tarea!” Recordemos que el “pepismo” castrista es inagotable.
El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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