Un estallido de júbilo se vivió en Chinandega. La vida nocturna tomó una pausa, todos los caminos conducían a las tribunas. En occidente se vivió un cuento de fantasía, las personas creían ser escoltas de su equipo para llevarlo al triunfo o para morir junto a este. Llegar a Chinandega en semifinales es una receta de cómo llenar un coloso, toda la ciudad parece estar dentro de un embutido de estadio colmado de ruido, alegría y tristeza.
Cuando se aproximaban las cinco de la tarde los chinandeganos no asomaban sus garras, el Efraín Tijerino Mazariego lucía abandonado, pero de pronto como abejas en el panal las personas le dieron vida al parque beisbolístico de la ciudad.
Decir que había 7,000 espectadores es una herejía, todos se acomodaron al dos por uno y como hormigas en el hueco llenaron los espacios.
¿Cómo pudo alcanzar tanta gente? Los habitantes no llevaron sus cuerpos físicos sino el alma colorida de inocencia con el galillo a mil watts de potencia. Mientras la cumbia chinandegana sonaba como un himno de la ciudad, Renato
Morales inició con hit y al momento en que el venezolano Wuilliam Vásquez remataba a Wilton López con doble, empatando el partido, el desborde de la fanaticada fue entre alaridos a su máximo esplendor y palpitaciones taquicárdicas.
En séptimo episodio la gala de big leaguer se acrecentó cuando Juan Carlos Ramírez pidió la pelota y retó a Wilton López. Las “bubuzelas” no dejaron de sonar, aunque una sensación de amargura sentían los occidentales al ir perdiendo. Eso no duró mucho el empate llegó y las ilusiones comenzaron a surgir. Hasta ese momento el resultado era lo de menos la gente estaba agradecida con el equipo que los hizo olvidar la rutina y los regresó a vivir los duelos con emoción, como en los tiempos pasados.