Paso a paso, amarrados de brazos, cuarenta líderes del mundo en las calles de París, acompañaron al presidente de Francia, François Hollande, en la Marcha nacional de la unidad.
Una manifestación de un millón y medio de hombres y mujeres marchando contra el terrorismo; desafiando el miedo y la actitud abyecta del islamismo radical; defendiendo la libertad de expresión. Cada manifestante representando el sentimiento de decenas de los que seguíamos —el pasado domingo 11 de enero— los eventos, en la pantalla de un televisor o a través de las redes sociales desde donde apreciábamos a esa ola de humanidad, a esa unidad global que convertía a París en “la capital del mundo”.
Lo anterior indica que esa marcha no fue un simple esfuerzo para provocar una sensación de bienestar temporal ante los ataques terroristas de la semana pasada en París. Actos barbáricos que el pasado 7 de enero acabaron con la vida de 12 dibujantes y columnistas del semanario satírico Charlie Hebdo; y luego, dos días más tarde, terminaron con la vida de cuatro personas entre las víctimas de un secuestro perpetrado por otro terrorista islamista en un supermercado judío en la capital francesa. La marcha del 11 de enero marca el comienzo de una convergencia en el establecimiento e implementación de estrategias y políticas globales para ponerle fin a la amenaza del extremismo musulmán.
La presencia en la marcha de Abdalá II bin al-Hussein, rey de Jordania, al lado de otros líderes de Estados que profesan la religión católica y judía, hizo resaltar el hecho de que él es descendiente directo de Mahoma, el profeta fundador del Islam. Esto en sí es significativo en cuanto define su posición y la de los musulmanes en general ante el debate de que el enemigo de Occidente está compuesto de bandas de fanáticos y extremistas islamistas infestados de odio y caos humanitario.
Esta apoteósica congregación, convocada por el presidente francés, ha dejado establecido que ya no hay lugar para ambivalencias ni debilidad en las relaciones mundiales ante la necesidad de combatir y ponerle fin a un mal que nos afecta a todos y cada uno de los habitantes de la Tierra.
Ya no hay lugar para ambivalencias. Cada líder religioso musulmán está obligado a declarar, en términos claros, su oposición decidida contra la posición radical islámica. Cada mezquita en París, en Francia, en Europa, en América, en el mundo, debe erradicar los mensajes activistas promotores de actos terroristas y la noción de imponer o propagar el Islam en todas partes.
No hay lugar para ambivalencias ni contemplaciones. El podio libertario se ha ampliado en cada mente y en cada corazón. No hay lugar para descuidar el deber de desarrollar las instituciones y de reflejar las indispensables reformas que conducirán a la eliminación del terrorismo islamista y su brutal desprecio por la raza humana.
Y no nos confundamos, no hay ambivalencia de parte de los Estados Unidos. La ausencia del presidente Obama en la marcha de París no atiende a miedo, indecisión o falta de determinación de esa nación en la guerra contra el terrorismo y el extremismo musulmán. No cabe duda que la potencia norteamericana, ante la desafiante coyuntura y la renovada determinación mundial dejará claro —bajo toda luz— que ella es “tierra de hombres y mujeres libres y hogar de los valientes”.
Ya no hay lugar para ambivalencias. Y también nuestros pequeños dictadores pronto experimentarán esta nueva realidad universal.
El autor es economista y escritor
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A