El 17 de diciembre pasado vimos a los Castro poner sus barbas en remojo en la Casa Blanca, en una dirección todavía imprevista para el sistema que durante cincuenta y seis años le han impuesto a Cuba. Al firmar esos acuerdos con el presidente de Estados Unidos, implícitamente reconocen que la sobrevivencia económica de la isla ya no está en Venezuela, que el subsidio petrolero se terminó para ellos y todos los hijos del Socialismo del Siglo XXI.
Un paso de grandes ligas que sorprendió al mundo, incluso a los presidentes Maduro, Ortega y otros que al parecer se dieron cuenta de la noticia por la libertad de expresión de medios independientes. Hasta ahora los bolivarianos han subestimando este hecho que algunos comparan con la caída del Muro de Berlín en 1989 otra vez, pero en el Caribe. En el caso de Nicaragua llama la atención que el presidente Ortega comenzó el año saludando a la Revolución Cubana sin referirse en ningún momento a los acuerdos históricos de pocos días antes.
Es comprensible que el bloque bolivariano no quiera admitir que con la apertura de Cuba a Estados Unidos la historia comienza a cambiar. La política exterior de la isla no podrá ser la misma en relación con sus satélites, el discurso político de América Latina tiende a despolarizarse y los negocios de los cubanos no seguirán siendo con Venezuela, sino con los norteamericanos.
Los Castro, al darse cuenta que ya no hay negocio económico y político con Venezuela, pusieron sus barbas a remojar nada menos que con el enemigo histórico de los bolivarianos, el “imperio yanki”. Con seguridad lo hicieron conscientes del costo político impredecible que esto va a tener en los próximos años para la revolución cubana.
Los líderes del Siglo XXI se han quedado “estáticos e inamovibles”, aquejados por la enfermedad del poder que con acierto describió el papa Francisco en su discurso de Navidad al diagnosticar las quince enfermedades de las altas jerarquías cardenalicias del Vaticano. Explicó que todas ellas enraizadas en los vicios del poder mesiánico y autoritario de dirigentes que se creen eternos e inmortales.
El jefe de la Iglesia les recetó “visitar los cementerios donde están enterrados personajes famosos de la historia, aquellos que un día también se creyeron dueños del mundo, los caudillos hipnotizadores de las masas, los eternos poderosos, los insustituibles, que como Hitler en la película de Charles Chaplin, se divertía jugando al futbol con el globo terráqueo”.
El mensaje del líder religioso es una invitación a que todos los líderes en el poder caigan en la cuenta que no hay eternidad en la tierra, como lo vivieron ya con Chávez, y menos en el poder. En las circunstancias de los países del Socialismo del Siglo XXI, con una Venezuela en bancarrota y unos Castros actuando con independencia del bloque bolivariano, urge que “pongan su barba en remojo”. Significa aceptar que lo que ocurre a tu alrededor te puede pasar, o reconocer que lo que hace tu aliado con el proyecto de todos, tarde o temprano te va afectar.
Los Castro, al darse cuenta que ya no hay negocio económico y consecuentemente político con Venezuela, pusieron las suyas a remojar nada menos que con el enemigo histórico de los bolivarianos, el “imperio yanki”. Con seguridad lo hicieron conscientes del costo político impredecible que esto va a tener en los próximos años para la ruta de la revolución cubana.
Obama sutilmente se los recordó en su discurso al haber precisado que lo medular de la política exterior de Estados Unidos va a seguir siendo el apoyo irrevocable a los derechos humanos y la democracia. El presidente de Estados fue un poco más allá de lo general y, en lo particular, puso énfasis en que la legítima sociedad civil cubana debe participar en la Cumbre de Panamá y en cumplimiento de la carta democrática.
¿Hasta cuando los hijos políticos de los Castro, Maduro, Morales, Ortega etc. seguirán estáticos e inamovibles, en el pasado “glorioso” de una revolución que se revoluciona? ¿Que será de ellos con una Cuba cambiando el rumbo del Socialismo del Siglo XXI hacia un rumbo desconocido para el totalitarismo de 56 años?, es la pregunta del 2015. En el caso de Nicaragua, algunos dirán que Ortega previendo la caída del muro bolivariano sin Venezuela y Cuba, se adelantó a los tiempos poniendo sus “barbas en remojo” en el Canal del chino Wang Jing.
En el 37 aniversario del martirio de mi padre me pongo a pensar qué le diría Pedro Joaquín Chamorro Cardenal a Ortega sobre el nuevo rumbo de Nicaragua. Seguramente lo mismo que le dijo a Somoza en Octubre de 1977: “Si usted pudiera, General —como aquel rey de los cuentos infantiles— disfrazarse de labriego y pasar inadvertido por las plazas o al menos como el dictador de Alejo Carpentier tomara el buen acuerdo de mandar a un buen empleado suyo a escuchar en los mercados el decir popular, sabría lo que está ocurriendo realmente en Nicaragua”.
La autora es periodista
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