Hay fenómenos que siempre vuelven en el tiempo o quizás, en realidad, jamás desaparecen y solo cambia el o los protagonistas. La política o la manera de gobernar un país son ejemplos de ello. Por las clases de historia y las conversaciones de los mayores, aprendí acerca de la represión de la dictadura somocista y los métodos de ese gobierno para evitar las protestas, eliminar a los adversarios políticos y neutralizar el descontento popular.
Una manera de evitar las protestas por parte del somocismo, hasta donde sé, era infundir miedo entre la gente o mantenerla entretenida. A los adversarios políticos se les compraba o se les amenazaba inventándoles delitos o cualquier causa que los hiciera terminar en la cárcel o, peor aún, en una tumba. De esa manera, Somoza acallaba a sus opositores. Finalmente, cuando no podía hacer nada, utilizaba las turbas para aplacar el descontento popular en las calles y, si nada de eso funcionaba, recurría a la fuerza de la Guardia Nacional. El caso más emblemático lo constituye la masacre del 22 de enero de 1967.
Si mal no recuerdo, a Anastasio Somoza Debayle se le atribuyen las famosas Tres P… Plata para los amigos, Palo para el pueblo y Plomo para los enemigos, algo a lo que ya ha recurrido Daniel Ortega. Lo que ha sido más notorio en el caso de Ortega y su dictadura es el recurso de la neutralización de las protestas populares a través de dos maneras: Una, es la “toma” anticipada de los lugares estratégicos (rotondas y semáforos) por parte de sus activistas y trabajadores del Estado so pena de despedirlos; y, dos, cuando ya no puede contener a la gente, manda a los motorizados a enfrentar directamente a los manifestantes.
No creo que quede alguna duda de la equiparación entre ambas formas de gobierno. Los matices pueden variar entre uno y otro, pero los métodos y el fin son iguales en ambos: perpetuarse en el poder no importa a costa de qué o de quiénes. La familia Somoza lo consiguió, de una u otra manera, durante casi 40 años. Ortega lo está consiguiendo, el punto es por cuánto tiempo más, cuántas vidas ha de costar y qué tanto aguantará el pueblo.
Muchas son las voces que se alzan pidiendo —y hasta exigiendo— que se haga algo, pero la realidad nos lleva a preguntar qué se puede hacer contra un hombre que ha logrado dominar los demás poderes del Estado, ha neutralizado totalmente a los partidos políticos de “oposición”, ha cohesionado alrededor suyo al Ejército y a la Policía convirtiendo a ambas instituciones armadas en sus servidores personales, ha eliminado la capacidad de movilización de cualquier organización cívica y ha logrado comprar la conciencia de unos cuantos para enfrentarlos en las calles contra la mayoría inconforme.
Pensar en un partido político de oposición que realmente lo enfrente, es una quimera; “elecciones libres”, sería esperar un milagro; una revolución armada nadie la quiere; un Rigoberto López Pérez, nadie se atreve. Pero qué opción le queda a los nicaragüenses: ¿Sentarse a esperar a que Su Majestad se muera?
Una cosa es segura, Ortega estará en el poder no “hasta que Dios quiera”, sino hasta donde el pueblo aguante. La paciencia tiene un límite y me gustaría creer que el dictador de turno lo sabe y que, en consecuencia, no quiere correr la misma suerte que Somoza. Además, cabe recordar aquella premisa de los padres dominicos Victoria, De Mariana y Suárez que reza: “Cuando el gobernante se torna en tirano, la rebelión se convierte en un deber”.
El autor es periodista.