Desde hace algunos años, la oficina internacional Ética y Transparencia tomó la importante decisión de medir el grado de corrupción y honradez de los países del mundo, a fin de que la comunidad internacional se enterara de los principios y valores éticos y estéticos que tienen algunos países, a través de estos indicadores.
Más de los dos tercios de unos 185 países “perceptibles”, obtuvieron una puntuación inferior a 5, donde 0 es “sumamente corrupto” y 10, “muy transparente”.
En estas últimas investigaciones, resulta que Dinamarca ha sido el país más honrado del mundo, seguido de algunos países escandinavos. Los países latinoamericanos están, desafortunadamente, entre los más corruptos del planeta. Nicaragua ha sido mencionada recientemente entre los más afectados por esta pandemia.
Aunque la corrupción se aprecia como algo común y corriente, sus efectos son altamente perniciosos para un país (máxime si este es pobre), aún en el caso de que no esté bajo un régimen dictatorial. He aquí solo algunas de sus graves consecuencias:
1. La corrupción y los corruptos impiden el desarrollo normal de un país, tanto social como económica y políticamente. La honradez es un factor indispensable de desarrollo para una nación.
2. Perjudica a todos aquellos cuyo nivel de vida, alimentación y hasta su felicidad dependen de la honestidad y buenos manejos de aquellos que ocupan cargos de autoridad. Ninguna región del mundo está exenta de los subterfugios y peligros de la corrupción.
3. La revista Time informó en su oportunidad que “la corrupción y la negligencia”, fueron responsables por lo menos en parte, de las efectos del pavoroso terremoto que asoló Haití en el año 2010, que causó centenares de miles de muertos y asoladora destrucción. Para la construcción de edificios, en ese pobre país, solo remotamente se recurre a ingenieros profesionales y delictivamente se opta por sobornar a los inspectores del gobierno con las aciagas consecuencias citadas.
Nuestro mundo se caracteriza por la codicia y el egoísmo, ambos atavismos muy emparentados con la soberbia y la avaricia, dos de los siete pecados capitales que afligen a la humanidad. Los individuos proclives a la corrupción, recurren a medios poco honrados para conseguir lo que quieren (sin importarles el perjuicio a los demás) y optan por dejarse llevar paladinamente, por las halagadoras expectativas de apropiarse de lo ajeno.
Llevados por la ambición egoísta, los culpables, ávidos de poder cultivan un intenso deseo de tener más dinero y más bienes de lo que realmente necesitan, sin reparar en que: “Nadie puede vivir de lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto”, así que tarde o temprano, tales abusadores, los que no trabajaron ni se esforzaron honradamente para adquirir los bienes que disfrutan, tendrán que pagar un alto precio por ellos, incluyendo los imponderables intereses que exigen las leyes naturales.
Los bienes del Estado, que son los conculcados por la corrupción, pertenecen al pueblo trabajador que paga sus impuestos para obras sociales y de progreso de la nación. De tal manera que al hacer uso de ellos en forma deshonesta y a espaldas del mismo pueblo, se viola flagrantemente el noveno mandamiento de la ley de Dios: “No codiciarás los bienes ajenos”, pero estos pecadores, carecen de sólidos principios morales o religiosos.
En algunos países orientales, la corrupción se castiga con la pena de muerte. No obstante, en Occidente y en la mayoría de los casos se aplican penas leves o ninguna y finalmente, el corrupto se queda con todo lo que saqueó, dinero o propiedades ajenas, aunque haya pernoctado en la cárcel por su corrupción.
Oriente y Occidente tienen medidas extremas para castigar la corrupción, unas demasiado violentas e inhumanas y otras muy complacientes y apocadas con el infractor.
Devolver cuatro veces lo robado, emulando plenamente al Zaqueo bíblico, amigo y admirador de Jesús, se acercaría más a la verdadera justicia, a la mayor satisfacción y beneplácito de los pueblos indefensos.
El autor es Ingeniero Civil
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