Muéranse: el compañero guerrillero en jefe Fidel Castro, indoblegable militarista y terrorista de pro acaba de ser galardonado con un premio chino de la paz que reconoce sus “empeños para solucionar las crisis internacionales”. ¡Jesús del Gran Poder! Y, para más inri, el premio se llama Confucio. Confucio, parece que no demasiada gente está al tanto, fue un filósofo chino del siglo V a.C. que propugnaba conducirse con comedimiento.
Para que el gobierno funcionara bien debía observar la justicia, la caridad y el respeto a la jerarquía y la tradición; para que el individuo prosperara debía practicar la meditación y el estudio. Se fomentaría un ambiente benevolente en el que el rey sería virtuoso y los súbditos lo emularían. El premio Confucio es muy joven. Cuando en 2010 la Academia Noruega concedió el Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, encontrándose el pobre en chirona, las autoridades del gigante asiático montaron en cólera y ridiculizaron la distinción. Inmediatamente surgió la iniciativa en organizaciones no gubernamentales de otorgar una serie de premios que tendrían más prestigio que los Nobel.
Desde luego, cuando en las naciones totalitarias hablan las organizaciones no gubernamentales ya sabemos de qué va la cosa. Así, uno de los seleccionados para el premio Confucio de la paz fue Vladimir Putin, ese adalid del pacifismo. Pero en China, cuya población se ha superado tanto y va camino de convertirse en la superpotencia mundial, no caben aquellas ignorancias acerca de Confucio como los malentendidos de alguna que otra aspirante a reina de belleza en Latinoamérica. Era 2009 y concursaba, como preámbulo a la selección de Miss Panamá, una bella señorita a la que, como al resto, le dieron a leer un papel al que debía reaccionar.
Ella lo leyó sin titubeos: “Completar las siguientes máximas de Confucio: ‘Leer sin meditar…’” Y sin titubeos completó: —…es ocupación inútil. Hasta ahí, perfecto. Merecido el aplauso. Pero luego la sometieron a una de esas torturas que no debieran infligir a ninguna chica joven que lo único que anhela es subir con su frescor y hermosura un escalón en el competitivo mundo del modelaje, el canto o la actuación. Le exigieron que dijera quién había sido Confucio. Esta fue su respuesta: Confucio fue uno de los que inventó la confusión. Y por eso se le ha… De lo más antiguo… Fue uno de los chinos japoneses que fue lo más antiguo. Gracias. Y dio media vuelta y se retiró para que pasara otra concursante.
¿Cómo dar por buena la concesión de este laurel denominado Confucio a un pistolero belicoso en grado sumo que no ha cesado de militarizar la sociedad cubana y de avasallarla, que intervino por la fuerza en prácticamente todos los países latinoamericanos, que alquiló a los rusos la carne de cañón caribeña hasta para las más estúpidas campañas africanas, que incluso incursionó con intrepidez armada en Oriente medio, que ejerce todavía el terrorismo contra su propio pueblo y lo ha intentado contra su enemigo por designio, los Estados Unidos, una y otra y otra vez?
El comité razona que el compañero pendenciero en jefe realizó importantes aportes a la eliminación de la guerra nuclear una vez retirado y que, cuando estaba en activo, se abstuvo de emplear la fuerza para resolver las disputas internacionales, en particular en su controversia con los Estados Unidos. Es notorio, sin embargo, que demandó de Nikita Jrushchov disparar los cohetes soviéticos emplazados en Cuba, que el líder soviético no lo hizo porque consideraba a Castro un demente y que este, contrariado a más no poder, hizo circular aquello de “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”. O lo que tratan es de ofender a la institución de los premios Nobel y a los pacifistas de verdad o estos encargados de discernir (y propinar) el premio Confucio de la paz son un puñado de chinos antiguos complicitados para prolongar la confusión.
El autor es analista político. Cubano estadounidense ©FIRMAS PRESS.
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