La Virgen Santísima se apareció en el cerro del Tepeyac, México, a san Juan Diego, apenas diez años después de la conquista de México. La madre de Dios viene para dar a conocer el evangelio a sus hijos nativos del nuevo continente y para “mostrar y dar” todo su “amor y compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre”. Como prueba de su visita la Virgen milagrosamente hizo que en aquel lugar aparecieran preciosas rosas de Castilla y que su imagen se quedara permanentemente en la tilma de su siervo. Durante cuatro días la Virgen se comunicó con Juan Diego hablándole en su propia lengua, el náhualtl. Al identificarse, María usó la palabra “coatlallope”, un sustantivo compuesto formado por “coatl” o sea serpiente, la preposición “a” y “llope”, aplastar; es decir, se definió como “la que aplasta la serpiente”. Otros reconstruyen el nombre como “Tlecuauhtlapcupeuh” que significa: “La que precede de la región de la luz como el Águila de fuego”.
De todas formas el vocablo náhualtl sonó a los oídos de los frailes españoles como el extremeño “Guadalupe”, relacionando el prodigio del Tepeyac con la muy querida advocación que los conquistadores conocían y veneraban en la Basílica construida por Alfonso XI en 1340. En España existían dos advocaciones a la Virgen de Guadalupe, en Cáceres y en La Gomera. Sin embargo nuestra Guadalupe mexicana es original. ¡La Virgen se comunicó de manera que la entendiesen tanto los indios como los españoles! La Virgen de Guadalupe dio al indio Juan Diego un delicado trato de nobleza elevando proféticamente la condición de todo su pueblo.
El Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Al mismo tiempo, la Virgen trajo reconciliación y no división entre los nativos y los españoles. Les ayudó a ambos a comprender que la fe cristiana no es propiedad de nadie sino un don de amor para todos. La Virgen pide a Juan Diego que vaya al obispo.
El 12 de diciembre de 1531 inicia el germen de lo que será una nueva nación. Una nación mestiza hecha de cultura india y española; de tradición y novedad, a ejemplo de nuestra madre Tonantzin-Guadalupe: “Una madre natural y sobrenatural, hecha de tierra americana y teología europea”. Sin embargo habrá que saber nacer, aceptar nuestro nacimiento, no renegar nuestros orígenes americanos y europeos: mestizos. Hijos de una violación humana es cierto, pero también de una vocación divina.
Tonantzin, representada con una cuna en sus espaldas como para esperar el nacimiento de su hijo, ha llegado transformada en la persona de Guadalupe. La Virgen morena del Tepeyac está embarazada y va a dar a luz no solo al Hijo de Dios, sino a la nación mexicana. Es importante construirle un templo en donde ella pueda concebir, traernos al mundo. El templo no se reduce al espacio geográfico de un lugar construido en el Tepeyac, sino que es símbolo de un nuevo mundo, de una nueva sociedad en la que los hombres podamos vivir y respetarnos como hermanos. Sin embargo, habrá que saber elegir entre el rencor y la reconciliación. Una decisión que seguimos arrastrando a través de la historia, como lo remarca Octavio Paz: “Entre la chingada y Tonantzin/Guadalupe oscila la vida secreta del mestizo”.
El autor es empresario.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A