Estamos a escasos dos años de las elecciones generales en Nicaragua. Aquí es cuando, independientemente de los rumbos que han tomado el Gobierno y los partidos políticos de oposición, debemos estar claros que todo se mueve —en una u otra dirección— de acuerdo y en función a la energía, fuerza y poder del pueblo.
Los políticos —especialmente los más cínicos— están conscientes de este aforismo.
Precisamente, esa es la razón por la que nuestros líderes corruptos promueven la escisión, para debilitarnos. Esto forma parte de sus principios, estrategias y finalidad.
Los nicaragüenses debemos partir de los intereses superiores del pueblo y de la nación; y debemos unirnos alrededor de principios, aspiraciones y objetivos realistas. El dicho: “La unión hace la fuerza” es absolutamente válido.
Olvidémonos que el dictador Ortega está vendiendo Nicaragua a los chinos o que el doctor Arnoldo Alemán y el licenciado Eduardo Montealegre están vendiendo nuestros votos a Ortega. De hecho, olvidémonos de ellos como líderes. Mas ni por un instante perdamos de vista que sus actitudes constituyen las fuerzas enemigas de nuestra soberanía, de nuestra integridad territorial, de nuestra independencia.
Estos tres protagonistas, directa o indirectamente, han abrazado el sistema dictatorial, el militarismo, el elitismo, la amenaza a la propiedad privada, la desnaturalización de las funciones rectoras fundamentales propias del Estado, la eliminación de la independencia y separación de los poderes estatales. Han acogido la existencia de un Gobierno de privilegios, carente de legitimidad política y moral. Han hecho del Gobierno su fin propio y no el medio para promover la estabilidad y el desarrollo nacional.
Este tristemente célebre trío, en complicidad, ha adoptado el contubernio, los pactos secretos y oscuros, el caudillismo, el clientelismo, el prebendismo. Ha menospreciado la inteligencia y la conciencia con que el nicaragüense toma decisiones colectivas a través del voto. Ha degradado el proceso electoral. Ha aceptado la reelección y ha violado todos los principios democráticos. Ha viciado el diálogo como forma de resolver la problemática nacional. Ha fomentado la corrupción en la Administración Pública en cada rincón alcanzado por los tentáculos del Gobierno.
Tres hombres fuertes, insuficientes de valores, capaces de ignorar la carencia de justicia social, el inexistente desarrollo económico-social, el insufrible subempleo y desempleo masivo, el estancamiento económico, el abuso policial, el creciente partidismo de las Fuerzas Armadas, el absolutismo presidencial, el nepotismo abusivo.
Esta trinidad de actores políticos que nos ocupa sabe que como individuos y como sociedad contamos con derechos inviolables e inalienables. Aun así, ya sea como autor directo o como cómplice, renuncian a reconocer nuestros derechos humanos naturales; a pesar de las declaraciones, convenciones y pactos internacionales que establecen su universalidad y le dan ordenamiento jurídico.
Los tres prestan oídos sordos a la necesidad de promover la superación integral de la juventud y de rescatar la dignidad juvenil de las garras de un Gobierno que ve en los jóvenes instrumentos de colaboración para ejercer la represión estatal. Tres hombres, que por acción u omisión condonan la censura, el arresto arbitrario, la tortura, la intimidación, la coacción, el terrorismo fiscal, la destrucción ecológica, el irrespeto a nuestra cultura, tradiciones e historia. Que rechazan la Constitución y leyes de la República.
Por todo lo anterior y por muchas cosas más —en función de nuestra energía, fuerza y poder— debemos actuar hasta lograr que las diversas fuerzas políticas y de la sociedad civil escuchen nuestra voz: La voz del pueblo y el unitario, libertario clamor nacional.
El autor es economista y escritor