La niña del cello

Ella se llama Nelly Silva. Tenía apenas 6 años cuando jugaba en serio con el piano, abrigaba por las enseñanzas maternales para luego conducirla por el sendero de las cuatro cuerdas.

Los misterios traslativos de la onda a veces sacuden a la memoria. La niña balbuceaba al cello y ya en el camino de la juventud se empeñaba en aprender de Jackeline Dupré las bellas sonatas de Brahams, quien escuchaba en la placentera intimidad de la cama con la dulce complicidad de las cuerdas.

Ella se llama Nelly Silva. Tenía apenas 6 años cuando jugaba en serio con el piano, abrigaba por las enseñanzas maternales para luego conducirla por el sendero de las cuatro cuerdas.

Cuando hacía de estelar en la Orquesta Sinfónica Juvenil Rubén Darío, mis ojos viajaban al escenario donde ya estaba instalada la plenitud tonal. Se ve a la izquierda la sección más aguda de las cuerdas, los violines, y a la derecha las voces graves del cello. La primera en la fila de la derecha la descubro en unos 19 años, tanto en los preparativos como en la ejecución, mirando hacia abajo y sin pretensiones viviendo un mundo propio que tenía toda la síntesis del paraíso hasta tocar con el cielo con las alas de la música —los sueños— el cello hizo las veces de un enamorado profuso.

Las muchas oportunidades que tuve de asistir a la orquesta nuncá dejé de penetrar en esa capacidad que se hizo virtuosa y amorosa consonancia. Jackeline no ocultaba la trágica oscuridad de sus ojos. No obstante la compensaba la milagrosa sensibilidad que ponía luz a su alma. Ella tocaba la misma sonata que deslumbró a Nelly. Debo hacer énfasis en esta promesa para ser engrandecida a nivel de solista, de lo cual ha dado evidencias, unida también a la vocación —exalumna— debe labrarse un porvenir de docente en educación musical. Cuando el cello se queja, no llora el cielo.

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