Fernando Centeno Chiong

¿Cuáles escuelas?

A propósito de las recientes publicaciones de LA PRENSA sobre el escándalo de las escuelas no construidas, recordé una historia sobre un funcionario público criollo que visitó a un colega de un país vecino para conocer los nuevos sistemas de construcción.

El anfitrión lo llevó a conocer su casa y el visitante se admiró de la ostentosidad y lujo de la misma, indagando cómo la había hecho ganando tan poco.

El anfitrión le contestó llevándolo a la ventana del segundo piso: “¿Ves esos puentes…?”.

“Claro” dijo el criollo.

“Pues, con las comisiones de los puentes y lo que sobró construí mi casa”, afirmó orondamente el susodicho.

Un año después, el funcionario del país vecino le correspondió la visita a su colega y este lo invitó a su finca mostrándole orgullosamente su hermosa hacienda, ganado, frutales, pastizales, etc., a lo que el funcionario vecino indagó: ¿Y esto cómo lo hiciste en tan poco tiempo…? A lo que el chapiollo le respondió:

—“¿Ves aquellas escuelas…?”.

—“¿Cuáles escuelas?”, respondió un poco asombrado el interlocutor.

Es una nueva versión de la historia, pero más que historia, es un chiste cruel, porque se está estafando a un pueblo pobre donde una de sus principales necesidades es la educación.

La historia anterior parece cumplirse con todo lo que estamos leyendo y escuchando sobre los proyectos no solo de escuelas, sino de carreteras, caminos, viviendas, y otras obras de infraestructura que se presupuestan pero no se pueden constatar.

Para un país pobre, dos de los peores flagelos son la corrupción y la ineptitud, porque esto no permite desarrollar a su población y la hunde cada vez más en la miseria.

Según Transparencia Internacional, de 176 países Nicaragua ocupa el lugar 134 en los índices de corrupción, solo comparado en la cola en América Latina con Venezuela (el país petrolero más empobrecido) y Haití (el más pobre).

Al contrario, países como Uruguay con el austero Mujica, Chile con su dama líder Bachelet, o Costa Rica con el profesor Solís al frente, aparecen como los menos corruptos.

El fenómeno de la corrupción en Nicaragua no es nuevo y lo peor del caso es que se manifiesta cubierto por un alto grado de complacencia y asombro, tal como lo afirma el historiador Antonio Esgueva en el prólogo de un estudio de la UCA sobre corrupción: “La ciudadanía no comprende que personas delincuentes, en su criterio, anden sueltas. Está perpleja cuando le hablan de leyes, juicios y sentencias. Y se admira de determinados fallos o de algunas sentencias cuya verdad jurídica no necesariamente coincide con la realidad. También se molesta de la ausencia de esperados juicios que nunca se hacen, cuando deberían hacerse. Y menos lo comprende, cuando juzga que hay acciones de personas que, en una operación, arruinan al país, sin que aparezcan culpables, y lo comparan con la pena que imponen a un simple ladrón de gallinas, de bicicletas o con las de un raterito de poca monta”.

Tal parece entonces que existe corrupción en un país, porque el resto de la población lo permite, o porque es cómplice, o porque tiene miedo, o porque lo observa tan natural, o porque no le importa.

Que no ocurra en Nicaragua lo que el mismo historiador cita en una frase y ojalá nos haga reflexionar: “el poder del poder puede más que el poder de la verdad”.

El autor es periodista y abogado

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