Diversos autores han expresado la preocupación de que la economía mundial haya entrado en una fase totalmente distinta a la precedente. En esta fase, la marcada debilidad de la demanda agregada a nivel global se traduciría en tasas de crecimiento económico mucho más reducidas que en las décadas previas.
Esta nueva fase ha sido calificada como una de “estancamiento secular”. La tesis del estancamiento secular tiene una implicación fundamental: debido a esta situación de debilidad de la demanda, la economía mundial se mantendrá por un largo periodo en una situación de crecimiento anémico, acompañada de la permanente amenaza de episodios de deflación.
En este contexto, la única manera de inducir temporalmente mayores tasas de crecimiento parece ser el recurso a auges promovidos por la expansión del crédito que, al alimentar el sobreendeudamiento de los hogares y demás agentes, al final terminan en una crisis por “deflación de deudas”.
Los acontecimientos más recientes han acentuado estas preocupaciones. La declinación de las exportaciones en Alemania ha generado el espectro de una tercera recesión en la eurozona. China se está desacelerando a raíz de su auge crediticio. La economía japonesa se ha contraído recientemente y otras economías importantes, desde Brasil a Sudáfrica, también experimentan dificultades.
Este escenario está pesando sobre el crecimiento del comercio mundial, que en las décadas previas se expandió a tasas muy superiores a las del crecimiento del ingreso mundial, pero a raíz de la gran recesión de 2008-2009 se ha desacelerado marcadamente y está creciendo a tasas muy inferiores a las del pasado.
Todo ello se ha traducido en el fin del “superciclo” de auge en el precio de las commodities que hizo posible una nueva ¨década de oro¨ para los países en desarrollo exportadores de productos básicos.
Existen distintos factores que están detrás de este proceso de estancamiento secular. Uno de estos son los denominados desbalances globales. El exceso de ahorro de China, Alemania y otros países superavitarios genera, por sí mismo, una importante insuficiencia global de demanda agregada.
El otro gran factor detrás de esta nueva fase es la prolongada restricción sobre el crecimiento de los salarios reales, que han crecido muy por debajo de los incrementos en la productividad. Debido a que en los países desarrollados los salarios juegan un papel fundamental por el lado de la demanda, el estancamiento de los salarios reales representa una pesada rémora sobre el crecimiento de la misma.
A estos elementos se agregan las contraproducentes políticas de austeridad emprendidas por los gobiernos de la eurozona. Además, en las próximas décadas el proceso de envejecimiento disminuirá el crecimiento de la fuerza de trabajo e impondrá crecientes cargas sobre la población activa, imponiendo nuevas presiones a la baja sobre el crecimiento económico.
En nuestros países, la década pasada fue testigo de la conjunción de dos factores extremadamente favorables: por un lado, el despliegue del bono o dividendo demográfico, y por otra parte, condiciones externas sumamente bondadosas para la economía.
Esto representaba la oportunidad de comenzar un proceso de acumulación de capacidades a escala de toda la economía, en forma de capital humano y capacidades tecnológicas e institucionales, que permitiesen avanzar en la diversificación de la economía.
Sin embargo, en lugar de sacar el máximo provecho de esta oportunidad, en términos generales nuestros países han retornado a patrones más tradicionales de inserción externa, especializándose aún más según las ventajas comparativas estáticas o ricardianas.
Esto ha consolidado la reproducción de una estructura productiva especializada en producir bienes de escaso valor agregado y complejidad tecnológica, que no incentiva el desarrollo de capacidades tecnológicas endógenas y conlleva una escasa demanda de conocimientos y recursos humanos altamente calificados.
(*) Economista
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