Uno de estos días leí un interesante artículo del doctor Silvio Bendaña —experto en derecho tributario— en el cual con todo rigor técnico aclaraba un asunto referido a la alícuota y el pago de dividendos.
En el artículo aludido se deja en forma magistral aclarado el tema, entendible por la formación académica y profesional del autor. Pero también se deja planteado otro que me parece oportuno abordar, como lo es, la falacia y el embuste de atribuirse o atribuirle el calificativo de “experto”, a cualquiera.
Al revisar el asunto nos damos cuenta rápidamente que es muy común que en programas de radio, televisión y medios escritos de nuestro país se entrevisten, citen y opinen “expertos” sobre todo lo que se les pregunta o el medio necesita publicar. Y se haga —en la mayoría de los casos— todo con el objetivo malsano de utilizar esa “opinión experta”, para descalificar o politizar el tema a conveniencia ideológica del “experto” y del medio.
El asunto visto en forma objetiva plantea dos problemas. Uno que tiene que ver con la responsabilidad social y ética que tienen los medios de ofrecer a los ciudadanos una información veraz, y la otra, un problema de salud que podría estar afectando a algunos de estos “expertos” que nos invaden a diario con sus opiniones.
No entraré al debate del primero porque podría considerarse estoy promoviendo la censura y estoy en contra de la libertad de que se busque, reciba y difunda información o ideas, pero sí abordaré el segundo, por cuanto si ya existe un estudio científico que aborda el problema con todo rigor.
Se trata de un fenómeno estudiado por Justin Kruger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, que fue publicado en 1999 en “The Journal of Personality and Social Psychology y fuera merecedor del Premio Nobel en el año 2000, y que ahora se conoce como el “síndrome de Dunning-Kruger” en honor a los científicos que lo descubrieron.
El estudio se basa en el principio por el cual los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades, pero además, son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás. Que se traduce en el problema por el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son. Y que por consiguiente, sufren un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.
Lo interesante del estudio científico fue que permitió medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y pedirles una auto-evaluación posterior; siendo los resultados sorprendentes y reveladores: Los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores.
El fenómeno que se documenta ya había sido advertido por Charles Darwin cuando planteó que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”; afirmación que parte de la premisa por la cual la mayoría tendemos a valorarnos a nosotros mismos por encima de la media; lo cual lógicamente debemos estar conscientes, es estadísticamente imposible.
Y además, aludido por David Rakoff, un actor y escritor que lo llamó “el Síndrome de Wile E. Coyote”, en alusión al personaje de dibujos animados —que todos en algún momento de nuestra infancia vimos—, en el cual el Coyote persigue invariablemente al Correcaminos para matarlo recurriendo a su “inteligencia”, lo cual nunca logra, ya que el ave siempre resulta ser más lista e inteligente que él. En esta metáfora, Rakoff plantea que “el Coyote es el arquetipo del autoengaño persistente, saltando alegremente por los precipicios y cayendo al vacío”.
Pero lo lamentable es que por tratarse de un “sesgo cognitivo”, no existe vacuna o tratamiento médico específico que recomendar por ahora y que es inevitable que tengamos que seguir escuchando y leyendo a diario opiniones de tantos “expertos” que son víctimas de esta pandemia. Sin embargo, el conocimiento del “síndrome” nos puede permitir “diagnosticar” quiénes sufren del mismo y podamos adoptar las prevenciones del caso. Pero además, para que tomemos conciencia de que si en algún momento comenzamos a actuar también como “sabelotodo”, estaremos ante indicios evidentes que también podemos estar padeciéndolo.
El autor es máster en Derecho Público.
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