Los desatinos de Borges a favor de la Junta militar argentina, la amistad de García Márquez con Castro, el estalinismo de Neruda, el fascismo de Pound —la lista es larga—, no menoscaban la grandeza e importancia de sus contribuciones a la literatura y el arte universales. La celebración del centenario del nacimiento de Cortázar, en esta Nicaragua “tan violentamente dulce”, debería anteponer a las veleidades ideológicas el valor de la obra literaria de uno de los más grandes escritores latinoamericanos, así como el amor, por ingenuo más puro, que profesó a Nicaragua. A la incultura de quienes le niegan reconocimiento por su apoyo a la revolución sandinista, se suma la actitud, aún más reprobable, de quienes lo silencian, instalados como están en la ominosa contradicción entre los ideales que defendió Cortázar y la política ruin que hoy practican.
El significado de Rayuela difícilmente puede comprenderse si no partimos de su cuento El perseguidor, considerado por el mismo escritor como el eslabón que le condujo a su magistral novela. Escrito en memoria del legendario saxofonista Charlie Parker, “The Bird”, e inspirado en su trágica vida —el vertiginoso laberinto de notas del bebop o el aterciopelado fraseo del vibráfono de Hampton asaltando en cada recodo del cuento—, el personaje trastoca pasado y futuro y alucina con campos sembrados de miles de urnas llenas de cenizas mortuorias. La pesadilla nos recuerda la urna griega del famoso poema de Keats, que canta su enigma: “La belleza es verdad y la verdad belleza”. Esteticismo, clave de nuestra sensibilidad moderna, que ve en la música, como veía Schopenhauer, la expresión acendrada de la Voluntad.
El jazz, ese estado de la mente en el que se despliega la belleza en máxima libertad y pureza, encarnado en el drama del genial saxofonista —Prometeo que ha robado el fuego de la música y permanece encadenado a la adicción y la locura—, es el preámbulo que nos introduce a Rayuela , para instalarse no como simple relleno de fondo sino como guía y modelo al que aspira la escritura.
En los vagabundeos de Oliveira y La Maga, en las veladas del Club de la Serpiente, llenas de humo de gauloises y gitanes, vino y jazz, en la búsqueda afanosa del satori, el más allá de aquí y ahora, la ironía romántica, con su fría y trágica niebla, cubre las noches y amaneceres, insinuando su rostro de locura y de muerte. Artista sin oficio ni beneficio, el perseguidor Oliveira busca en su vagabundeo por París aquello que posee La Maga sin saberlo, eso que evita que nuestras vidas se marchiten hasta la insignificancia, consumidas por el vacío, y se conviertan en tierra baldía; que nos atrae y repele y en lo que no nos atrevemos a zambullirnos porque es informe y salvaje, la propia sinrazón.
Rayuela es la gran novela hispanoamericana de la modernidad. Y lo es no solo por sus innovadores artificios, al romper con la linealidad y abrirse a la participación del lector, sino porque es novela crítica, que filosofa y discute su génesis a través de los cuadernos de Morelli, y porque su indagación fundamental es aquello que precisamente caracteriza a la sensibilidad e identidad modernas, el ideal moral de la autenticidad encarnado en la figura del artista.
Prostituta de los géneros, como la llamó Cioran, la novela es el rostro, quintaesencia y mueca de nuestro tiempo. Tras leer proezas como Rayuela —mándala que nos conduce a nuestro cielo, a nuestro propio centro sin máscaras—, es inevitable sentirnos embargados por el convencimiento de que ya todo ha sido hecho, por el sinsentido de seguir escribiendo y el juicio, tan inexorable como injusto, de que el resto es periodismo o trivial entretenimiento.
El autor es catedrático y jurista
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