Cuando das vueltas dentro de un carro el tiempo es muy corto como para pensar muchas cosas. Al impactar contra el suelo lo único que se vino a mi mente es que iba a morir y aproximadamente unos 5 segundos después ya estaba quieto, de cabeza en la autopista de la Carretera Nueva a León, exactamente en el kilómetro 6, según el informe policial.
Apenas segundos antes conducía a exceso de velocidad, sí, en exceso; proveniente de un residencial en las cercanías de Mateare, dirigiéndome a Managua casi a las 3:00 de la madrugada del pasado domingo.
Acercándome a una curva que medio se reconocía en la oscuridad, frené con fuerza y perdí el control del carro, girando primeramente hacia mi lado izquierdo y posteriormente volcándome con fuerza de costado.
En ese instante la explosión de los vidrios la escuché muy a lo lejos, así como la fricción de la lata de aquel Yaris blanco, placas M-060974, que se iba destruyendo en un recorrido de más o menos 50 metros. Pero sorpresivamente estaba vivo, colgando del cinturón de seguridad que fuertemente apretó mi humanidad evitando cualquier daño.
Ahí dentro de esa cabina desordenada experimenté los minutos más desesperantes en mis casi 22 años de vida. No gritaba, lo primero que creí es que había quedado ciego producto de los pedacitos de vidrio esparcidos. Pero no, era tierra que entró al vehículo cuando giraba bruscamente por el bulevar hasta estrellarse en un poste de concreto.
Con mucha dificultad logré sacar mi celular del bolsillo izquierdo del pantalón, intentaba llamar a mi madre, pero debido a la incomodidad de encontrarme de cabeza sumado a los nervios, no pude. Sin embargo la iluminación que proporcionaba el dispositivo me ayudó a encontrar la forma de desabrochar el cinturón.
Sentía que me asfixiaba, con la mano izquierda me sostenía sobre el techo que ahora era mi piso y con la otra luchaba por liberar el cinturón. Lo logré. Estuve en esa batalla contra los nervios alrededor de 4 minutos, pero se sintió como mucho más.
“No me morí dando las vueltas y lo voy a hacer aquí atrapado”, pensaba. Salí por la ventana del copiloto, estaba retorcida y con el vidrio despejado a mi paso.
Una vez fuera apareció casi instantáneamente una camioneta de una cabina, con barandas negras. Un señor que solo me dijo llamarse Luis me preguntó qué había pasado.
—Me di vuelta… pero estoy vivo. ¡Vivo! —le grité nervioso.
—Sí muchacho, que milagro que estás vivo —me respondió asombrado.
Era un momento de emoción y nervios. Comencé a llorar. Otra camioneta se detuvo y salieron unos jóvenes. Muy preocupado se acercó Róger Morales, que conducía y venía con su esposa, hermana y otros dos amigos. Róger y su hermana me dijeron que estudiaban Odontología y querían verificar que estuviese bien. Yo estaba bien.
Llamé a mi madre para decirle lo que había ocurrido, principalmente que estaba ileso pero el carro yacía maltrecho. Llegaron amigos con los que estaba para auxiliarme, también un tío que en pocos minutos se fue para ir a traer a mis padres. No duró mucho en llegar la Policía y el inspector del seguro.
Cuando llegaron mis padres la alegría y la tristeza se habían conjugado en mi ser, de tal modo que a pesar de estar ahí vivo, para tranquilidad de ellos, la conducta temeraria con la que había sobrellevado mi retorno a casa generaba mucha decepción en mí. Pero eso no les preocupó, podía estar con ellos y toda la gente que quiero, que me quiere.
Pasó hasta las seis de la mañana en que una grúa llegó a levantar lo que quedaba del automóvil, a esas horas ya se apresuraba la gente a sus actividades del día y una larga fila de carros, buses y furgones se atascaban en la transitada carretera que yo había sofocado.
Expectantes, curiosos, así se mostraban. Yo solamente estaba agradecido de poder contar la historia en estas líneas y de saber que la prudencia y sabiduría me acompañarán en adelante.
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