Tras la pista

Entre el detective de ficción y el real hay un mundo de distancia. Probablemente lo imagine fumando en pipa, portando un sombrero y gabardina, asomándose por una esquina, con sigilo y misterio, siguiendo a su objetivo. Pero verlos en la vida real es suficiente para descartar esta teoría. Su vestimenta no es llamativa, evitan usar lentes oscuros y gorras y tratan de actuar “normal”, sobre todo cuando realizan un trabajo. Así son los detectives privados en Nicaragua.

Entre el detective de ficción y el real hay un mundo de distancia. Probablemente lo imagine fumando en pipa, portando un sombrero y gabardina, asomándose por una esquina, con sigilo y misterio, siguiendo a su objetivo. Pero verlos en la vida real es suficiente para descartar esta teoría. Su vestimenta no es llamativa, evitan usar lentes oscuros y gorras y tratan de actuar “normal”, sobre todo cuando realizan un trabajo. Así son los detectives privados en Nicaragua.

Se valen de su ingenio, creatividad y hasta malicia, pero con cautela. Eso dice Álvaro Rivas, investigador retirado de la Policía, de 35 años, voz gruesa y mirada seria. Su aspecto no se parece en nada a las imágenes de televisión, mucho menos a Sherlock Holmes. Viste de camiseta blanca, pantalón oscuro. Maneja su moto y recibe a sus clientes en una oficina de paredes de madera, llena de plantas. Ahí tras un computador desmenuza de inicio a fin los casos que le llegan. Al menos a eso se dedica desde hace tres años, cuando dejó la vida policial.

[doap_box title=»Legalidad» box_color=»#336699″ class=»aside-box»] Hace algún tiempo no había ninguna ley que prohibiera el ejercicio de la investigación privada, pero tampoco una que lo permitiera.
A inicios de 2014 antes de aprobarse la reforma a la Ley 872 de la Policía Nacional se dijo que el artículo dos de la misma limitaría la investigación al órgano policial, impidiendo esta labor tanto a investigadores privados como periodistas e incluso abogados.
Sin embargo, cuando se aprobó la ley solamente se prohibió ejercer funciones que corresponden de forma exclusiva a la Policía Nacional como terrorismo, crimen organizado, delitos en puertos, aeropuertos, objetivos económicos, proyectos y recursos estratégicos de la nación, entre otros.
“Las personas naturales o jurídicas podrán llevar a cabo actividades de investigación no policial, periodismo investigativo e investigaciones académicas o de estudio, que no vulneren los derechos constitucionales, la intimidad y la privacidad de las personas”, reza el actual artículo dos de la ley aprobada. [/doap_box]

Antes de revelar —pero de forma superficial— los “secretos” de su agencia, Rivas, enfático y determinado, asegura que no le interesa ser blanco de entretenimiento, no tiene problema en brindar su nombre real, pero rehúsa posar para una fotografía. Insiste en que no está dispuesto a contestar preguntas “de chistes”, destinadas a ridiculizar su trabajo o que sirvan de simple desestrés, pues lo que hace es muy en serio y que además es un beneficio muy necesario para el entorno social. Aclarado ese punto, el detective continúa.

Según el investigador, en la década pasada (2000-2010) fue que empezó a surgir el auge de los detectives privados en el país. Al principio la mayoría eran conocidos como “perseguidores de infieles”, pero a medida que pasó el tiempo se dieron cuenta que nada bueno podría salir de inmiscuirse en una relación de pareja.

Entonces en los bancos empezaron a tener problemas para verificar la credibilidad de sus clientes y de las garantías que dejaban como prendas para sus créditos. Los juicios civiles no podían arrancar si la persona a quien se quería notificar no era localizada. Los robos que se conocen como “de hormiga” se hicieron más numerosos en empresas grandes, bodegas y zonas francas. Los empleadores contrataban personal basado en hojas de vida falsas, que daban como resultado pérdidas, robos, desfalcos o estafas a las organizaciones. Y así fue como nacieron los detectives nicas.

Prefieren las empresas

El despacho de José Narváez –otro de los detectives privados– es la única vivienda con puerta de vidrio polarizado en la cuadra de su barrio. Y ahí llegaba hasta tres veces la misma persona para pedirle que investigara a su esposa o marido infiel. Eso sucedía una u otra vez. “Era cansado”, sostiene el detective, también es exoficial de la Policía. Tiene 52 años y es fundador de la Agencia de Investigación Dharma, pero también es abogado.

En ese entonces caían demandas y hasta juicios por invasión a la privacidad. A Narváez no le gusta ahondar en detalles, pero asegura que ahora evita llevar ese tipo de casos porque es engorroso. Las compañías telefónicas los demandaron y hasta tuvieron reclamos de quienes eran comprobados como infieles, cuando sus parejas les revelaban que habían buscado un detective. Por eso fue que la corriente de las investigaciones se giró más hacia trabajos empresariales, no personales.

Según él, su trabajo no es nada parecido a una película. “No creas que andamos siguiendo a alguien con una cámara detrás solo porque sí, el seguimiento es con autorización de empresas, muy pocas veces de personas y en esos casos excepcionales evaluamos bien y primero investigamos al cliente que viene a tocar nuestra puerta, porque también ahí nunca sabés lo que te podés hallar”, menciona Narváez, un poco antes de encerrarse en otro cuarto al lado de su oficina, al recibir una llamada que nadie debe escuchar.

Su día a día

Los detectives son celosos, desconfiados, huyen a las preguntas que los puedan delatar, nunca revelan cómo logran resolver las investigaciones y se limitan a decir que cada quien tiene su método de trabajo y que si divulgaran cómo consiguen las respuestas no tendrían razón de existir. José Narváez ha resuelto gran cantidad de casos y esa es su satisfacción, porque en lo económico asegura que el trabajo no le da para “vivir como rey” y que incluso sus mayores ingresos los recibe de las litigaciones que realiza.

[doap_box title=»Servicios y precios» box_color=»#336699″ class=»aside-box»] No hay estándares ni precios fijos en los servicios de los detectives privados, pero el más barato podría costar 45 y cuando son más complejos unos dos mil o tres mil dólares. Aunque siempre dependerá el tipo de tecnología, equipos, posición geográfica que requiera la investigación.

Los casos más comunes son:
Ubicación: personas, deudores, garantías, testigos, herederos, acusados.
Consultorías: jurídicas, psicológicas, análisis de seguridad, diligencias legales, servicios informáticos.
Personales: infidelidades, manutención de menores, antecedentes personales.
Empresariales: Fraudes, verificación de currículums, antecedentes penales o judiciales.
Servicio de indicador: infiltrados de inteligencia para detectar personal que participa en robos o fraudes.
Seguimiento de rutas, establecimiento de horarios. [/doap_box]

Aún así el trabajo de investigador le apasiona. Todos los días sale a la parte frontal de su vivienda –que también es su oficina– revisa las llamadas, los correos electrónicos y su página oficial de Facebook. Todas estas herramientas son útiles cuando quiere deducir una hipótesis o dar con algún dato. Muchas veces con una llamada se resuelven los problemas y se ubican a las personas deseadas, aunque en otras ocasiones deben invertir tiempo y dinero en la solución de uno de los planteamientos de sus clientes.

Hay ciertos trabajos de gran riesgo en su profesión. A Narváez una vez lo contrataron desde “alguna parte de Nicaragua” para seguir a alguien. Pero lo que él y sus colegas no sabían era que esa persona pertenecía o estaba relacionada al crimen organizado. Luego se enteró que quien lo había contratado también estaba entre negocios ilícitos. En esa ocasión hizo viajes de cientos de kilómetros, utilizó sus mejores cámaras ocultas, micrófonos escondidos, pero al descubrir el trasfondo del trabajo se alejó con cautela. Otras veces las soluciones requieren entrar en un personaje, como cuando tuvo que resolver el caso de una nicaragüense que vive en Japón, que le solicitó información de lo que hacía su novio y su papá con el dinero que ella les mandaba.

Narváez se hizo pasar por un comprador de una finca que ambos estaban vendiendo a espaldas de la señora, ambos tenían boletos comprados para fugarse, pero gracias a él no pudieron hacerlo y la señora quedó contenta. Igual pasó con un muchacho de nacionalidad argentina, a quien nadie le encontraba la pista, pero gracias a una red de colegas lograron ubicarlo en Corn Island. Narváez no dice cómo exactamente ni qué tecnología utilizó, pero sí entregó al joven a su familia, quienes le habían contratado solo con el dato de que el joven había aterrizado en suelo nicaragüense.

Lo peligroso

“Pepe”, otro investigador privado, prefiere esconder su identidad. Él trabaja para una compañía de guardas de seguridad, que presta el servicio de investigación, pero no de forma pública. También es oficial retirado y logró obtener este trabajo al ser reclutado por un excompañero en la Policía. Para él los casos más difíciles son aquellos que requieren de infiltración, como el que llevó hace cuatro o cinco años, en “un lugar de Managua”, con personas que andaban vendiendo con beneficio social una gran cantidad de tierras. “Eso no es fácil, ahí andás buscando la muerte, si en otros lados la gente se mata por una manzana”, dice “Pepe”.

Ese trabajo se lo pidió a su empresa “gente pesada”, que según él no quiso asistir a la Policía, y como él tiene experiencia en “penetrar” en grupos desconocidos fue el ideal, era alguien de confianza. Al final era un grupo de mafiosos, que hasta armas tenía. La investigación terminó, él entregó su informe y no supo más de sus investigados. “Pepe” dice que “es mejor cuando no te das cuenta qué sucede o en qué queda el caso”.

Otras veces, los casos son simplemente cansados, tienen que pasar esperando hasta 8 horas, ansiando el momento justo en que un bodeguero, quien es sospechoso de robo, se arregle con el camión y monte la mercadería, pero a veces pasan las ocho horas, cámara en mano y no pasa nada. Los riesgos siempre dependen de cada caso, que nunca será igual que otro. Utilizan para esto todo tipo de cámaras, micrófonos, GPS, hacen búsquedas virtuales, intervienen teléfonos. Aún así tanto José Narváez, como Álvaro Rivas, quienes en ocasiones colaboran juntos, saltan a advertir: “No hacemos nada que vaya en contra de los principios constitucionales de los nicaragüenses”. “Nada es ilegal”. Pero también aseguran que: “No somos responsables del uso de la información, una vez que llega a mano de nuestros clientes” y que “No debemos mezclarnos con casos que son de oficio policial”.

ESTADO ISLAMICO

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