Todavía recuerdo la cara desvelada del niño que se subía a los buses a pedir dinero, y parte de su repertorio era: “Mi nombre es Diego, duermo en la calle tengo hambre ” y una serie de calamidades, que siempre terminaban opacadas por su llanto. Luego de este ritual pasaba por cada asiento extendiendo su mano, repitiendo constantemente “tengo hambre”. Más de un alma era conmovida por su “actuación” y el niño bajaba del autobús con un buen bulto de monedas.
Una vez me lo encuentro en la calle y lo interrogo: “Cuéntame, ¿cómo haces para llorar tan fácilmente?” Me queda viendo extrañado, me reconoce como uno de sus tantos samaritanos y me dice: “Al inicio usaba un poco de Zepol que juntaba en el borde de la camisa, y al secarme con este borde las lágrimas que todavía no salían hacía que salieran de verdad luego con la práctica lloraba fácilmente ”.
Un día se me acerca un viejito por el 7 Sur y me dice con cara de aflicción: “Hijo, ayúdame, me he quedado sin dinero acá en Managua y quiero irme para mi pueblito me faltan cinco pesitos”. Automáticamente, movido por la necesidad del viejito busqué en mi bolsillo una moneda de cinco pesos y se la di Al siguiente día en el mismo lugar se me acerca el mismo viejito con la misma historia.
He conocido hasta “pedidores internacionales”. Saliendo de un negocio se me acercó un joven rubio con acento extranjero y me dijo con lágrimas en los ojos que lo habían asaltado y perdió su dinero y su pasaporte. Hubo un par de incongruencias en su historia que me indicaron que todo era mentira, pero la actuación fue tan conmovedora que terminé pagándole por el show.
Mi padre también se ha topado con estos “artistas”. Me cuenta que una vez en el hospital se le acerca una mujer llorando y pidiendo para recoger para el ataúd de su hijo que había muerto en el hospital y le ayudó. Días después en otro lugar escucha la misma voz y la misma historia, él sale y le dice a la mujer: “¿Se te murió otro hijo ?”, y aquella como quien ve a un cobrador sale caminando apresurada.
Otro día llegan tres mujeres, identificadas con la camiseta de un partido político, pidiendo dinero para una mujer a quien se le había muerto un hijo en esa zona, dieron incluso la dirección para los incrédulos y mi padre como no le gusta quedarse con las dudas fue hasta la dirección dada por las mujeres para develar la mentira.
Con tantas historias de personas que necesitan “ajustar” para regresar a su pueblito he optado por “probarlos”; les digo que precisamente yo viajo a ese lugar a cierta hora y que me esperen o regresen para que vayan conmigo. Hasta el momento nadie ha regresado y de hacerlo les pagaría su pasaje.
He estado en Honduras y he encontrado a un compatriota pidiendo por aquellos lugares, es experto motivando a las personas para que apoyen económicamente al centro de rehabilitación de jóvenes al cual representa, aunque no lleva credenciales, pero lo que más anima a las personas a dar es su testimonio que en resumen es: “ antes me subía a los autobuses a asaltar ahora prefiero pedir”.
En lo personal no me gusta que me inventen historias, porque es otra forma de robar y por la maldad de estos el amor de muchos se está enfriando.
Pero siempre llevo conmigo algunas monedas para la caridad o la actuación, que no me hacen pobre al darlas pero sí más humano.
El autor es ingeniero en sistemas y catedrático.
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