Cuando se habla de una economía ajustada a los principios bíblicos, se piensa en Economía Social de Mercado (ESM). Las Escrituras no indican un determinado orden económico para su aplicación, pero apunta para que todo orden económico sea socialmente justo y digno.
La Iglesia no se parcializa por ningún sistema económico, pero sí le compete analizar y examinar críticamente, las economías existentes a la luz de la ética cristiana. La Economía Social de Mercado se opone a una economía dirigida y centralizada por el Estado.
La Economía Social de Mercado es un modelo con dos elementos: la economía de mercado y su carácter social, que evita que la ley de mercado y principio de la competencia, se transformen en el fin.
Son las reivindicaciones sociales y personales, las que deben fijar el rumbo de un país, y no la ley de oferta y demanda. Se trata de que el orden social ponga la economía de mercado a su servicio. En esto se distingue de la economía de libre mercado.
Esto implicaría una regulación y control de un orden social, basado en una ética bíblica por cuanto facilita la autodeterminación, la libertad y la responsabilidad humana.
La Economía Social de Mercado, en su juicio realista del ser humano, incorpora a su análisis, las debilidades sociales y las imperfecciones humanas, como el afán de lucro, riquezas, reconocimiento social, rendimiento, competencia y creatividad, integrándolas al orden social al servicio de una economía orientada al bien común.
Acepta la responsabilidad social de su modelo económico y reconoce la propiedad y la economía privada, como un derecho natural que el Estado no puede suprimir. El Estado totalitario y el Estado benefactor no es apoyado por las Escrituras.
Pero, en una sociedad libre y democrática se incluye la economía de libre mercado. Pues donde se suprime la libre empresa, se apaga la iniciativa y se coloca a los ciudadanos “en total dependencia” del aparato burocrático.
Los primeros padres eclesiales se expresaron duramente contra el afán de lucro y el amor al dinero por encima de la justicia y el amor y la compasión al prójimo (Lc. 10:30-37).
Y por mucha razón que pueda tener está critica, la Biblia no condena la aspiración a la superación, ni el comercio, aunque sí, una actitud materializada y un manejo irresponsable de los bienes (1 Tim. 6:9, 10) así como cualquier forma de injusticia social.
La Iglesia reconoce el decisivo rol del empresario en una economía de carácter social, lo que no significa que se bendiga todo el destino de las ganancias. Para el cristiano, lo justo es que el trabajo prime sobre el capital. Se debe tener la obligación ética de anteponer el bienestar colectivo, al aumento de las ganancias y de no mantener capital improductivo que genera desempleo y pecado social.
En Nicaragua, tenemos una clase empresaria y política, que saca sus ganancias a bancos extranjeros e invierten en el exterior, descapitalizando al país.
La Economía Social de Mercado (ESM) no deja que solo el Estado, la sociedad, las Organizaciones no Gubernamentales o las organizaciones caritativas de la Iglesia, se encarguen de reparar el daño social producido por la injusticia de una economía centralizada en pocas manos, enfocada en satisfacer la codicia de quienes dicen velar por el bien común. El autor es capellán
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