Pecados capitales contra la seguridad

Es tal vez útil mencionar que en el nivel general de las empresas existen también pecados capitales contra la seguridad, por lo que podría aventurarme a hacer una interpretación para describirlos y que usted determine si están presentes en la empresa, para procurar erradicarlos y vacunarse contra ellos para el futuro. Helmer Gary, en su revelador artículo “Siete pecados capitales contra la seguridad”, aborda en forma amplia estas conductas potencialmente peligrosas que pueden llevar a situaciones con consecuencia graves. Comentaré esta vez tres de ellos que me parecen abundantes en los ambientes de trabajo en Nicaragua.

Carlos R. Flores

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Es tal vez útil mencionar que en el nivel general de las empresas existen también pecados capitales contra la seguridad, por lo que podría aventurarme a hacer una interpretación para describirlos y que usted determine si están presentes en la empresa, para procurar erradicarlos y vacunarse contra ellos para el futuro. Helmer Gary, en su revelador artículo “Siete pecados capitales contra la seguridad”, aborda en forma amplia estas conductas potencialmente peligrosas que pueden llevar a situaciones con consecuencia graves. Comentaré esta vez tres de ellos que me parecen abundantes en los ambientes de trabajo en Nicaragua.

1. Dejar todo para mañana. Este es uno de los más comunes, no solamente en el nivel organizacional sino que ocurre también mayoritariamente con el trabajo personal. En algunos casos de incidentes con pérdida, es posible que la aplicación de los análisis de riesgos se realice hasta el último instante, por lo cual estos son irregulares, provocándose las situaciones desafortunadas. La pregunta lógica que surge es: ¿Por qué atrasarse o esperar tanto para reparar algo que conlleva un riesgo inminente de seguridad? Se puede ver que esta situación puede ser transversal en algunas organizaciones.

2. Ignorancia. Este es otro de los pecados capitales que puede encontrarse en todo ambiente de trabajo. Es posible que algunos consideren esta postura como un estado de felicidad, pero hay que recordar que podemos escoger nuestras decisiones, pero no las consecuencias de ellas. En ocasiones pueden verse actividades en los trabajos de campo en los cuales es evidente que la persona que está realizándolos no tiene idea de lo que está haciendo, pero tampoco tiene el nivel de conciencia formado para darse cuenta de lo equivocado que puede estar.

Por ejemplo, hay operarios que en las obras tienen la pésima costumbre de ponerse una gorra, y encima de esta, el casco de seguridad, también sin barbiquejo. Esto parece ser inofensivo; un pecado menor, pero es señal grave de desviaciones de las prácticas operacionales seguras, con el consecuente deterioro de la disciplina operacional. El espacio que se crea entre el casco y la gorra hace que, en caso de un impacto, esta holgura pueda servir de tramo de aceleración para que el broche que tiene en su parte media, pueda servir como percutor para que la energía de un eventual golpe afecte mortalmente el cerebro del operario.

3. Complacencia. Este es uno de los pecados más comunes y se puede definir entonces como un estado de autosatisfacción ajeno a cualquier peligro presente, debido a la actitud tolerante de quien consiente excesivamente.

Esta es una sensación que se puede experimentar no solamente en los trabajos, sino también en la vida personal. Los lugares o las operaciones más familiares pueden ser los más peligrosos, porque ya la amenaza no es tan obvia —la hemos relativizado— y envuelto en un exceso de confianza. No hay cura para la complacencia, solamente tratamiento, pero este se debe dar siempre en forma diligente para combatir los efectos perniciosos de este mal. La misma conformidad que se vive en un ambiente de trabajo en el cual la seguridad no progresa —por más malabarismos verbales y razonamientos pseudológicos que se quieran establecer— hace que ese estado de cosas esté simplemente condenado a desmejorar. Esta es una dicotomía que se le aplica a cualquier organización, que si el entorno de seguridad no está mejorando, con certeza que está empeorando. Si usted no es derecho, forzosamente es zurdo. No hay medias tintas en esto.

Una frase célebre de J.C. Ryle describe con precisión esta situación: “No suponga que se requiere de algún pecado de la más fina maldad para que usted sea enviado al pozo de su propia destrucción. Solamente requiere sentarse quieto y hacer nada, y usted tarde o temprano se encontrará en ese lugar”.

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