La Iglesia católica y la feligresía cristiana en general han reaccionado con estupor e indignación, ante la grosera e inaudita adulteración del Padre Nuestro que está haciendo el régimen chavista de Venezuela.
El Padre Nuestro es la oración más sagrada del cristianismo. En los evangelios se establece que fue dictada personalmente por Jesús de Nazaret, en el Sermón de la Montaña, para enseñar el modo correcto de orar, de comunicarse con Dios por medio de la oración. De manera que falsificar el contenido y el sentido de esta oración primordial, a fin de hacer de ella un medio para promover la idolatría política, constituye una blasfemia y es una manipulación religiosa inaceptable.
En la versión chavista del Padre Nuestro se cambia la invocación reverente al Dios Padre y se sustituye con la apelación a Chávez, el extinto déspota militar de Venezuela. Esta adulteración del Padre Nuestro —inaceptable para todos los cristianos que viven su fe, honran su religión, se aprecian a sí mismo y demandan que sus creencias sean respetadas— forma parte del tortuoso esfuerzo del totalitarismo chavista para desnaturalizar el cristianismo y crear un nuevo culto idolátrico en Venezuela: la religión chavista, que seguramente intentará exportar a los países que están bajo su influencia ideológica, política y petrolera, como Nicaragua.
Antes de la profanación del Padre Nuestro ya en Venezuela se habían establecido los llamados “altares de santo Chávez”, ante los cuales se arrodillan y rezan sus adeptos. Cuando se cumplieron seis meses de la muerte del caudillo militar venezolano, su sucesor Nicolás Maduro proclamó que “Cristo se hizo carne, se hizo nervio, se hizo verdad en Chávez”. En la celebración de Navidad, la imagen del Niño Dios en el pesebre ha sido sustituida con muñecos con la figura de Chávez. Y seguramente no es casual que el sepulcro de Chávez esté y sea venerado en el llamado Cuartel de la Montaña, nombre que por asociación de ideas se relaciona con el Sermón de la Montaña, en el cual Jesucristo creó el Padre Nuestro.
Pero tampoco es nuevo en la historia el endiosamiento idolátrico de los caudillos totalitarios. El poderoso dictador romano Julio César, se creía descendiente de la diosa griega Afrodita y fue divinizado por el Senado y adorado por el populacho. El comunismo soviético endiosó al dictador genocida Stalin. En China se hizo igual con Mao Zedong, y el régimen comunista tiene ahora una “iglesia” católica oficial que, en contra de la voluntad del Vaticano, nombra obispos y ordena sacerdotes mientras la verdadera Iglesia católica sufre en silencio la intolerancia y persecución religiosa. En Corea del Norte el régimen comunista tiene también su propia “iglesia” católica y en el único templo que hay en el país, un funcionario designado por el Gobierno oficia una falsa misa, sin los componentes esenciales de la eucaristía.
En Nicaragua es notorio el esfuerzo del régimen orteguista por tener una iglesia oficialista, sometida a sus dictados o por lo menos neutralizada. Sin embargo no se ha llegado a los extremos de China y Corea del Norte, a pesar de que sus sistemas de poder son modelos para el orteguismo. Y ojalá que nunca lleguemos a una situación tan degradante como la que impera en esos países.
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