Desde el martes de esta semana, 27 de agosto, está vigente una tregua en la guerra de Hamás contra Israel, en la Franja de Gaza, que ha durado siete semanas.
Ambos bandos se han atribuido la victoria bélica y política. Hamás sacó a las calles a sus partidarios, incluyendo a muchos niños blandiendo armas de juguete, para celebrar la derrota que según ellos le han asestado —otra vez— a su súper odiado enemigo judío.
Pero esto es algo irracional. ¿Qué victoria puede ser esta, para Hamás, Gaza y Palestina, si en las siete semanas que duró la guerra en esta ocasión murieron más de dos mil palestinos, en su gran mayoría civiles no combatientes y entre ellos muchos niños que son usados como escudos humanos de guerra? ¿Cómo se puede hablar de victoria en Gaza donde a los muchos muertos hay que agregar más de 11 mil heridos, también civiles en su gran mayoría, así como 7 mil inmuebles arrasados, decenas de miles de personas que han quedado sin hogar y una infraestructura destruida casi totalmente?
Hamás dice que ganó esta tercera guerra contra el Estado judío, porque debido a la tregua Israel ha debido relajar las fronteras para permitir la entrada de ayuda humanitaria y material para la reconstrucción de Gaza. Y además ha restablecido la zona de seis millas náuticas en la costa de Gaza, que había sido acordada en 2012 y luego suspendida, para que laboren los pescadores gazatíes. Sin embargo este “logro” es lo mismo que Israel propuso hace un mes pero Hamás no quiso aceptar.
Israel, por su parte, aunque sin la estridencia de los palestinos también se ha adjudicado la victoria en el reciente episodio de esta guerra que solo ha sido suspendida temporalmente por la tregua. Según declaró un vocero del gobierno de Israel, su objetivo era “ poner fin al lanzamiento de cohetes de Hamás contra civiles israelíes, destruir los túneles de los terroristas para infiltrarse en nuestro territorio y tratar de matar a nuestro pueblo”. Y supuestamente Hamás se ha comprometido a poner fin a las agresiones contra el territorio y la población de Israel.
Pero la verdad es que no hay ninguna certeza de que Hamás haya asumido tal compromiso, aparte de que Israel ha debido pagar también un alto precio, aunque no tanto como Hamás y el pueblo de Gaza. 64 militares israelíes murieron en combate —lo cual es mucho para Israel— y otras seis personas, incluyendo a un niño, murieron por las explosiones de los cohetes lanzados por Hamás. Y lo peor es que la guerra no ha terminado, la tregua durará hasta que una de las partes quiera romperla, lo cual hará Hamás como lo hizo con las dos treguas anteriores. Como advirtió el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, “cualquier esfuerzo de paz que no ataque las causas de raíz de esta crisis no hará más que preparar el escenario para el próximo ciclo de violencia”.
Ir a las causas de raíz de este conflicto significa que Hamás deje de lanzar sus cohetes contra la población israelí, que se desarme, que renuncie a su insensato objetivo de exterminar al pueblo judío y reconozca la existencia del Estado de Israel. Y que representantes sensatos de Palestina e Israel lleguen a un acuerdo decoroso y viable para garantizar la existencia de los dos Estados y su coexistencia pacífica. No existe otra salida.
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