La cooperación taiwanesa pensó que los pobladores de esta ciudad calurosa podrían escuchar música durante el atardecer a orillas del lago Xolotlán. Cuando el sol deja un destello de luz en el horizonte y, con el cambio de temperatura que produce el tramonto, una suave brisa surfea desde la tabla del lago hacia las calles y aceras que suben a la loma de Tiscapa.
A finales de 2003, Herty Lewites invirtió 845 mil dólares, donados por Taiwán, para construir la concha acústica, que se elevaba al cielo como una llamarada de 23 metros de alto, 28 de ancho y 19 de profundidad. Con un movimiento sensual del hierro y el concreto, inspirado en las ondulaciones tropicales. El arquitecto norteamericano Glen Howard Small diseñó el complejo como una manopla de baseball, acompañado de un ingeniero de sonido y de un ingeniero estructural.
“El objetivo que persigo al cobrar tan barato —dijo Howard— es dejar algo hermoso y agradable para que la gente lo disfrute”.
A su inauguración asistieron 150 mil personas. Escucharon a la guerrillera del bolero, Paquita la del barrio, que entonó la música ranchera de Rata inmunda, y ¿Me estás oyendo, inútil? Luego, con el nuevo gobierno de Ortega, la brisa siguió su camino refrescante sin propagar, como haría un sembrador de semillas al voleo, la vibración acústica de los acordes musicales. Sin utilidad, la concha acústica se fue deteriorando, objeto de grafiti y de saqueo. A veces, de lejos, en la oscuridad, parecía un pájaro entablillado, enfermo, con vendas de concreto que le impedían tomar vuelo e irse para el carajo.
Durante los temblores de tierra, de abril del 2014, el gobierno ilegal de Ortega aprovechó para insinuar que la concha acústica estaba por caer. Tenía la oportunidad de mentir y de presentar su decisión como un caso fortuito de la naturaleza. Los ingenieros de la Comuna, sin un dictamen estructural, anunciaron sin rubor por qué estaba por caer:
“Ha sido corroída por las lluvias”.
Le lanzaron una pelota gigante de hierro por medio de una grúa, y la concha, como el guante de un receptor, cogía la pelota sin daño aparente. Cinco días la concha resistió los embates bestiales de la pelota gigantesca y la tracción de cuatro camiones cargados de arena. Cuando dos grúas lograron derribarla, doblando por tracción la armazón de hierro, más de cien hombres le cayeron encima con taladros neumáticos y con mazos para liberar el hierro del abrazo del concreto.
La demagogia, esa mentira insolente que baja del poder, no es un anzuelo para pescar verdades, como justificaba atolondradamente Polonio, al espiar a su hijo Laertes. La mentira descarada, más bien, se mofa de la verdad. Tiene una finalidad degradante. Crea una conjura en la conciencia, que se inocula en una cadena interminable de serviles. Es la complicidad con el engaño que el poder adquiere a bajo precio. Algunos deben vender el alma al absolutismo caprichoso. No para adquirir conocimientos ilimitados, como anhelaba Fausto al pactar con el diablo. Sino, que aquí, al contrario, pactan los serviles para sobrevivir rastreramente, sin dignidad humana.
La fuente danzarina donada por Taiwán, en 1999, emitía chorros de agua como notas musicales, luminosas, líquidas, visibles, con la frecuencia de octavas correspondientes a la idea rítmica y a la progresión de acordes de la melodía instrumental del folclor nacional. En las bancas, bajo las farolas (que también serían destruidas por el capricho real), los niños percibían, de la mano de sus padres, el misterioso lenguaje musical, en una dimensión táctil, desbordante de imágenes melodiosas.
A capricho del gobierno, la fuente danzarina era un adefesio. En junio de 2007 mandaron pandilleros con las palas de dos tractores para aterrarla en un santiamén, como si fuese un asentamiento palestino en la franja de Gaza.
Sobre las bases de la concha, el gobierno construyó, sin saber por qué, una fuente luminosa con simples chorros de agua de colores. Construida a marchas forzadas, entre el 18 de junio y el 19 de julio, fue derribada el 14 de agosto, 26 días después de inaugurada. Era un adefesio provisional. Una utilería de teatro. Un capricho presidencial. Esta vez, efímero, como un bostezo real. El autor es ingeniero eléctrico
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