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Guillermina Flores perdió su trabajo en una fábrica de ropa donde ganaba 130 dólares al mes. A sus 29 años, esta madre soltera de tres niños, quien luchaba por darles de comer, decidió emigrar de Nicaragua y buscar una vida mejor en el extranjero. “Es duro pensar en que me voy y se quedan, pero más duro es cuando me piden cosas y no poder darles”, dijo Flores con lágrimas en los ojos mientras hacía fila para obtener una visa.
Pero a diferencia de la mayoría de los migrantes centroamericanos, Flores no estaba haciendo fila en la Embajada de Estados Unidos (EE. UU.); por el contrario, espera irse al sur, a Costa Rica.
Mientras las autoridades de Inmigración de EE. UU. luchan para manejar una avalancha de decenas de miles de inmigrantes centroamericanos, especialmente de menores que han cruzado la frontera sin sus padres o tutores, un hecho llama la atención: pocos de ellos provienen de Nicaragua, el país más pobre de la región, pero mucho menos violento que el llamado Triángulo del Norte, compuesto por Guatemala, Honduras y El Salvador.
Entre octubre y julio, la Patrulla Fronteriza detuvo a unos 63,000 menores de edad que habían cruzado ilegalmente la frontera entre EE. UU. y México. De ellos, solo 194 provenían de Nicaragua.
“Las condiciones económicas en Nicaragua son terribles, pero lo que realmente está obligando a emigrar a las familias desde el Triángulo del Norte, en este momento, es la violencia”, dijo Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas, un centro de estudios con sede en Nueva York.
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