La preservación de la paz requiere de una labor cotidiana, exige una preocupación permanente de los gobernantes y de los ciudadanos, la paz no puede fundarse en una declaración, en un acuerdo o un discurso, es un compromiso permanente para la vida en sociedad.
Juan XXIII en su Encíclica Pacem in Terris la definía como: “Profunda aspiración de los hombres de todos los tiempos, no se puede establecer ni asegurar si no se guarda íntegramente el orden establecido por Dios. La paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las normas de la justicia, vivificada e integrada por el amor y realizada, en fin, con la libertad”.
Una paz real y duradera solo puede estar fundada en una vida en democracia, con respeto a las ideas de los demás y con el diálogo permanente como mecanismo de apoyo y sustento.
En el Libro de la Sabiduría leemos que al rey Salomón se le apareció en sueños Dios y le dijo que le pidiese lo que quisiere. Salomón no le pidió poder ni riqueza, le pidió sabiduría para gobernar a su pueblo.
El Gobierno ha rechazado el diálogo, valor de la democracia, pretendiendo sustituirlo por una comunión de intereses con las cúpulas empresariales, dispuestos a sacrificar los derechos ciudadanos para la consolidación de sus negocios. La Conferencia Episcopal brindó al gobernante una oportunidad que la soberbia no le permitió aprovechar para beneficio de los nicaragüenses y para la consolidación de la paz.
San Francisco de Asís en su Plegaria por la Paz , humildemente pide a Dios que lo haga un instrumento de la paz, sabe que la paz que Dios quiere para el mundo solo se consigue cuando hay justicia, verdad y libertad, por lo que también le pide poder sembrar amor, fe, perdón, esperanza, alegría, iluminar la oscuridad con la luz del Evangelio.
Los obispos han sabido ser instrumentos de paz, analizando a la luz del Evangelio la situación de Nicaragua, denunciando las violaciones a los derechos humanos y señalando el camino para preservar la paz y la concordia.
La paz se define como la tranquilidad que procede del orden y de la unidad de voluntades, por lo que el imperio de la misma requiere de la disposición de todos para alcanzarla y fundamentalmente de quienes tienen a su cargo la responsabilidad del poder y de la justicia.
El irrespeto al voto de los ciudadanos, las restricciones a la libertad de expresión, organización y movilización, la entrega de la soberanía nacional, la corrupción y el vil enriquecimiento basado en el abuso del poder, sumado a la represión generalizada, discriminación e impunidad atentan contra la paz y debilitan la cohesión social, frustrando las aspiraciones de progreso de nuestro pueblo y afectarán en el futuro los mismos negocios que hoy son la prioridad de los dirigentes políticos y de las cúpulas empresariales.
“La conquista de la paz a todos los niveles está unida a la conversión y a un auténtico cambio de vida”. (Juan Pablo II).
Únicamente con un cambio de actitudes, para asegurar una Nicaragua justa, productiva, soberana y en paz, mediante el repudio a los violentos y a las violaciones de los derechos ciudadanos, solamente coincidiendo en la necesidad del respeto a la ley podremos superar las tormentas y vicisitudes que amenazan nuestro curso como nación.
La autora es ama de casa y Voluntaria Vicentina.
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