Hoy 9 de agosto se celebra en el continente americano, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, un importantísimo conglomerado étnico, cuya dramática como apasionante historia, principia entre la teoría y la hipótesis en el Paleolítico cuando hombres nómadas y rudos, procedentes unos del norte de Asia, cruzan el estrecho de Bering aprovechando las glaciaciones que imponía el cambio climático y otros, procedente de Oceanía (Malasia y Polinesia), arriban a la Isla de Pascua desplazándose ambos, como levitando en el horizonte por mares, ríos y montañas, ejerciendo sus conocimientos de hábiles cazadores y recolectores.
Estos hombres en el curso de los siglos encontraron su relación con la misma naturaleza, saliendo del aislamiento y accediendo al proceso Neolítico, dentro del cual se distribuyen someramente sobre territorios que les ofrecen condiciones adecuadas de supervivencia transformándose en sedentarios e impulsando nuevas actitudes sociales con una cierta igualdad que les permite trabajar la tierra en condiciones comunitarias.
Bajo este sistema se inicia la agricultura con la producción de alimentos que de inmediato complementan una alimentación equilibrada y satisfactoria que luego genera un rápido crecimiento demográfico, que es la causa de la subdivisión de grupos que llegan en principio a forjar pequeños pueblos, los que a medida que crecen van desarrollando nuevos estilos de vida y originando estructuras sociales, políticas, económicas y culturales de las que se conformarían “El mosaico étnico de la América Precolombina”, cuyos rasgos no solo de expertos cazadores y recolectores, sino también de excelentes artistas artífices de maravillosos monumentos de líneas geométricas, grabados jeroglíficos y de delicadas estelas líticas, las cuales podemos hoy admirar como el más alto testimonio del arte primitivo resplandeciendo sin inmutarse, tanto como las Cariátides de Alcámenes en el Erecteon de la Acrópolis de Atenas y las que de acuerdo como las miremos transmiten un sentimiento de respeto y admiración.
Estos pueblos llamados, en 1492, por el conquistador europeo “indios salvajes” aún perduran entre la geografía de América con el espíritu heroico del gran Caupolicán, de Cuauhtémoc y Diriangén reclamando con dignidad el respeto a sus cosmovisiones, sus derechos colectivos, a la tutela y preservación de sus tierras, dejadas e invadidas bajo los efectos de las políticas de Estado imperando sobre la mayoría de ellos en este continente llamado por muchos el continente de la esperanza.
Sentido histórico por el cual, chonos y umahuachas en la pampa uruguaya, diaguitas y atacamas, asentados a lo largo de los ríos Yapura y Xingú, patagones y onas y tehuelches en la cordillera andina, umahuachas, mapuches, arahuacas y atacamas en Chile, cachibúes y arahuacos en el Orinoco; quinbayas, tuties y quechuas en la Amazonia; tainos y arahuacos, en Colombia, charrúas, chanas, guaraníes y chinguéanos, en Paraguay; guanos y guaraníes en Ecuador; arahuacas, gibaros, tupies y chibchas, en Bolivia; y Perú chonos, guaycurús y chinguéanos al sur de los Andes hasta el gran Paraná; seris y arauca y chibchas en el sur de Venezuela, desde una rama de la corriente chibchas llega hasta la costa Caribe de Nicaragua.
Otros tantos como los anteriores a saber: otomíes, chichimecos, totonacas, mixes, yaquis, xoques, chantis, cholulas, toltecas, lacandones, nahoas, mayas y otros, cuyos efluvios son sin duda alguna el crisol que dulcifica el pasado e idealiza el presente, irradia luminosos en el alma de Mesoamérica entre los mangues-chorotegas, quiches, lempiras, lencas y nicaraos, en los que aflora la sabia de aquel pasado, transmitiéndose genéticamente y alimentándose de la misma tierra que los alimentó al nacer.
Seguros que la semilla original y primigenia no cambia de lugar a pesar de que le trasplante, reafirman en esta fecha histórica el compromiso impostergable de continuar su trabajo en la defensa de sus intereses y su identidad.
Justa demanda que a la vez que los pueblos ancestrales de Nicaragua acogen en particular, como suya exigiendo al Gobierno una franca relación política sustentada en el respeto a los valores y la igualdad: el diálogo democrático, que supere al egocentrismo por la multiculturalidad, el monococulturismo por la pluriculturalidad, el centralismo por el pluralismo, así como las políticas de etnocidio por políticas de etnodesarrollo. El autor es historiador.
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