La más clásica de las soluciones de urgencia cuando alguien está inapetente, o no hay tiempo para preparar algo de mayor enjundia, es la llamada en muchos lugares tortilla francesa, o a la francesa, y en no pocos más por su propio nombre francés, “omelette”.
Ya verán. Es posible que acaben pringados, pero… qué estupenda combinación, qué excelente tentempié. En serio: ¿qué sería de nosotros sin las gallinas?
Hay quien las quiere muy hechas, y quien las prefiere poco cuajadas, muy jugosas; es nuestro caso.
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Nadie parece saber el origen de la tortilla francesa, ni tampoco de la palabra omelette, sobre cuya etimología se han escrito cosas de lo más disparatadas.
Para empezar por el principio, digamos que llamamos francesa a la tortilla, por supuesto de huevos, hecha por un solo lado y plegada una o dos veces sobre sí misma, a diferencia de las tortillas redondas (a la española o, en italiano, frittata) a las que se les da la vuelta para que se hagan por ambas caras.
POR ACCIDENTE
Es muy posible que el origen de la tortilla francesa fuese casi accidental. Y decimos “casi” porque requiere que a alguien se le hubiera ocurrido cerrarla sobre sí misma cuando vio que los huevos batidos empezaban a cuajarse; evidentemente, una tortilla no se pliega sola.
A partir de ahí… quién sabe dónde, ni cuándo, nació nuestro omelette.
Una buena tortilla a la francesa ha de quedar de un color amarillo brillante, sin manchitas amarronadas; ha de tener una forma oblonga sin irregularidades a los lados (no vale cortar la rebaba para que quede bonita), en cuanto al punto, allá cada cual.
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