José Somarriba Mendoza
En 1993 la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yasser Arafat (1929-2011) y el Gobierno de Israel liderado por Isaac Rabin (1922-1995) firmaron una declaración de principios (denominada acuerdos de Oslo I) en la cual reconocían la necesidad de iniciar un proceso de paz a largo plazo. Esta declaración fue el primer punto de un esfuerzo que se había iniciado desde 1991 en la Conferencia de Madrid y que tuvo como fin llevar la paz al Medio Oriente con los diversos actores involucrados en el conflicto entre palestinos e israelíes.
Para los palestinos la declaración significó el inicio de un camino para la conformación del Estado palestino en los territorios de Franja de Gaza y Cisjordania. Para Israel el reconocimiento de parte de los palestinos del Estado judío. Como un primer elemento que se tomó posterior a la declaración fue el segundo acuerdo de paz de 1995 (Oslo II) con el que se iniciaba un proceso autónomo de control de los palestinos de la Franja de Gaza y Cisjordania, referido a realizar elecciones libres, control administrativo, financiero y policial. También significaba el retiro gradual de las fuerzas militares de Israel de esos territorios hasta ciertas líneas fronterizas de antes de la Guerra de los 6 Días de 1967.
Pero ahora el mundo se pregunta: ¿qué ha pasado desde entonces entre palestinos e israelíes? Del lado palestino con sus primeras elecciones se instaló lo que se conoce como Autoridad Nacional Palestina, bajo el control de la OLP, que fue una clase política que venía desde el exilio y que poco o nada conocía de esa generación que creció en los territorios palestinos. Además era inexperta en temas de administración pública y por ello fácilmente fue cayendo en una tendencia de corrupción. Por ello los palestinos apoyaron en las elecciones del 2006 al grupo radical islámico Hamás (1987. Grupo de la rama sunita del Islam) y señalado como grupo terrorista por los Estados Unidos y la Unión Europea.
Entre los principios de Hamás está la destrucción del Estado judío y establecer un Estado islámico palestino y como capital Jerusalén. Si con la OLP el desarrollo social económico fue mínimo, con Hamás ha florecido el clientelismo social a través de muchas de sus fundaciones “no lucrativas”.
En el caso de Israel, después de la firma de los acuerdos de Oslo I y II, los cambios en la clase política fueron elementales porque sectores radicales de derecha-religiosa fueron ganando mayores espacios políticos lo cual ha erosionado mucho la visión de la continuidad del proceso de paz.
Es por ello que no resulta nada desconectado decir que parte de la escalada de violencia actual que ha dejado 1,050 muertos civiles palestinos y 43 soldados israelíes (El País, 28/07/14) obedece en gran parte a diferentes fisuras políticas e internas en ambas partes. Por ejemplo, la población palestina no ha sido ajena a los movimientos que detonaron en la primavera árabe reciente. Las frustraciones económicas, falta de acceso a la democracia y desconfianza a la clase política que tuvieron muchos jóvenes en Túnez, Libia, Egipto las llevan los jóvenes palestinos contra sus gobernantes. En el caso de Israel es notoria una falta de visión clara a largo plazo y de propuestas para alcanzar la paz. Lo que más bien se observa es una necesidad del gobierno israelí de satisfacer a los sectores más radicales y religiosos de la actual coalición gubernamental liderada por Benjamín Netanyahu.
El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.
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