Luis Alberto Moreno

Plan para una Centroamérica con futuro

Para una parte de la opinión pública estadounidense, las oleadas de niños y adolescentes de El Salvador, Guatemala y Honduras cruzando su frontera desde México son estrictamente un problema migratorio. Para otros, esta crisis humanitaria nace de la violencia, la pobreza y otros factores que empujan a miles de familias centroamericanas a tomar decisiones drásticas.

Pero en el Triángulo del Norte, la gente me dice que este drama refleja una incógnita más fundamental: ¿cuándo serán países donde sus ciudadanos quieran vivir, trabajar y criar a sus hijos?

Hace 15 años, los colombianos nos hacíamos esa misma dolorosa pregunta. La violencia, atizada por guerrillas y carteles, y la pobreza hacían difícil creer que saldríamos de esa aterradora espiral.

Pero salimos. En buena medida lo conseguimos mediante el Plan Colombia, un programa que combinó recursos nacionales con ayuda externa para reforzar nuestras instituciones, erradicar cultivos ilícitos y ampliar programas sociales. Nos costó una década de sacrificio, pero cambiamos el rumbo de nuestra nación.

La violencia ha bajado a una fracción de los niveles que padecimos en los años noventa. A medida que mejoró la seguridad, llegaron más inversiones. El crecimiento económico se fortaleció, así como el empleo y el consumo. Nuestros jóvenes dejaron de ver a la emigración como la única vía a un mañana mejor.

¿Funcionaría un plan similar en el Triángulo del Norte? La semana pasada, aquí en Washington, los presidentes de El Salvador, Guatemala y Honduras reclamaron más apoyo internacional para potenciar los esfuerzos centroamericanos por atacar las múltiples causas de esta crisis.

Los escépticos dirán que el Plan Colombia, lanzado durante la presidencia del demócrata Bill Clinton y apoyado por su sucesor, el republicano George W. Bush, gozó de un consenso político hoy casi impensable. Otros señalarán las complicaciones de coordinar tareas con tres gobiernos.

Estos son obstáculos considerables, pero en mis conversaciones con los tres presidentes centroamericanos, antes de que se reunieran con el presidente Barack Obama, comprobé que están decididos a colaborar en una iniciativa conjunta creíble, verificable y factible.

La credibilidad del plan dependerá de que los centroamericanos vean reflejadas sus propias prioridades, y no una agenda impuesta desde el exterior. Entre sus prioridades figuran aumentar el empleo, mejorar la educación y la salud, y desarrollar instituciones de seguridad y justicia capaces de imponerse a la violencia y la impunidad.

El impacto del plan será verificable si los gobiernos adoptan compromisos públicos con metas claras y plazos que vayan más allá de un mandato presidencial. Solo así conseguirán convencer a potenciales donantes extranjeros y a sus propios ciudadanos de que los fondos serán utilizados correcta y transparentemente.

Por último, el plan será factible si todos asumen su cuota de responsabilidad. Por ejemplo, para las empresas estadounidenses que explotan la mano de obra indocumentada, implicaría respaldar un amplio programa de braceros bien regulado. Para las centroamericanas, significaría aceptar una carga impositiva que permita financiar una mayor cobertura de servicios públicos.

Para los políticos estadounidenses que reclaman que América Central le ponga el pecho al narcotráfico, involucraría prestarle atención al general John Kelly, jefe del Comando Sur, quien recientemente comentó que la violencia en el Triángulo del Norte se debe “directa o indirectamente a la insaciable demanda de drogas en los Estados Unidos”.

La paradoja es que a Washington le costaría menos ayudar a Honduras, Guatemala y El Salvador a convertirse en países más estables y prósperos que lo que le costará lidiar con esta crisis en la frontera. La universidad más cara en Honduras cuesta 6,500 dólares al año. Eso es una décima parte de lo que le cuesta albergar y alimentar a un menor en un centro de detención.

Inicialmente, el Plan Colombia fue tachado de costoso y poco realista. Pero los críticos subestimaron nuestro sueño de forjar un país donde vale la pena vivir. Muchos colombianos estábamos resueltos a recuperar nuestra nación. La materialización de un gran programa internacional de ayuda externa reforzó nuestra voluntad al demostrarnos que el mundo también creía en nosotros. El autor es presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

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