JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
El cuarteto Bond evade esos linderos respetando la estructuración habitual de dos violines, viola y cello. Anda de trotamundo para mostrar el caudal anímico puesto en la estrategia de fundir épocas.
Cuatro símbolos de la juventud bullente —cuatro rostros frescos del bello femenino— no ocultan el amor por las cuerdas que siempre las juntó desde el conservatorio, donde se unieron varias nacionalidades de la Tierra que ahora devoran con sus novedosos mensajes de electro pop y de música clásica. Esta es apenas una breve apreciación del estilo que fácilmente las caracteriza, agregando que ellas se juntaron motivadas por la entrañable amistad que forjaron desde el principio, porque si no hubiese preservado ese lazo, no hubiera nacido el “bond” que por cierto es un título que tutela el afecto. En ese sentido congenian con el criterio de Goethe para quién un cuarteto es la reunión de cuatro amigos que cruzan miradas, conversan con el lenguaje de los signos en cabeceos efusivos. El nombre más apropiado para esta extroversión es “melos”.
“Bond” es un cuarteto moderno, pero no por serlo detractor de la tradición aunque sugiera oficiar en el templo de Terpsícore. Junta a la contemplación con la acción en una dinámica sorprendente llena de jovialidad sin que la naturalidad sufra penosa disolución.
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