Róger Baldizón
Los rayos del sol cayendo perpendicular sobre Nicaragua al mediodía, no hay sombra proyectada, el calor es total y el reloj solar es exacto, son las doce, el sol de abril.
El calor me había literalmente sacado de Managua me dijo Carlitos Obarú, como soy norteño me fui tras mis pasos, pasando por Darío y Matagalpa llegando casi sin darme cuenta a ver el verde que me gusta tanto, que me trae paz, y en el asombro del intenso verde absorto pensé todavía hay algo verde.
Me topé con un pueblito de montañas y lindos bosques que me tentaron a caminar y disfrutar del agradable clima, mis pasos me llevaron al parque frente a la Iglesia, el perfume del pino y la ausencia de vendedores y chinamos lo hacen aún mejor, nada que ver con los parques acosados por ladrones y chinamos, en Estelí, Chinandega, donde es un riesgo pasar por los parques y no se diga en León, donde no solo son los parques, existen iglesias sitiadas por vendedores y trucheros, todo esto pensaba me dijo Carlitos, cuando me encontré con un retrato dedicado al fraile Ramón Rojas, fundador del pueblo de San Ramón en el año 1800.
Cuando termine de leer la leyenda del retrato miré que hacían señas, pero pensé: ¡No puede ser! Pero me seguían haciendo señas, no puede ser me dije yo, ya estoy viejo para esas cosas, pero no hay de otra, parece que es a mí, pero cómo es posible que me pase ahora, pensó Carlitos, ahora para qué, si tengo más de sesenta y cinco años, no puede ser a mí que me haga señas y que se ría coquetamente conmigo, me dijo Carlitos.
Era una muchacha de las que solo allí he visto, bueno, cuando estaba cerca lo primero que le vi fueron los pies perfectos, tenía unas sandalias de las que llaman en Managua egipcias, no sé por qué, tenía los pies de Xóchitl que los uso antes de Cleopatra, lejos del gran tacón y el zapato apretado amigo del callo y el juanete, los pies que estaban frente a mí eran perfectos, el pelo negro, los ojos de la raza, la piel morena, las manos lindas, había venido hacia mí con todo un movimiento rítmico que solo lo da el cuerpo cuando la cabeza se ha puesto yagual y peso al caminar, los brazos acostumbrados a exprimir la ropa antes de tenderse al sol y las piernas hechas a subir lomas, con unos pechos de encargo para un bebé glotón, con la cara alegre y sonriendo me dice: —Señor, señor! —Qué paso amor! le respondí. Dejó su celular a la orilla del retrato del fraile Ramón.
Mi cara de sorpresa y alegría más un tropezón que me di por un bajón de azúcar, propiciaron que la invitara a que nos sentáramos en la banca del parque, le expresé mi profundo agradecimiento, sobre todo por el optimismo que me imprimió ante la constatación de que hay personas honradas y sobre todo si son jóvenes, me dijo llamarse —María Candelaria, originaria del pueblo, todos sus familiares eran de San Ramón o más adentro en la montaña, que le gustaría poder vivir toda su vida en esos lados.
Me dijo: —Espero que las circunstancias de la vida me ayuden, solo tristezas escucho de las personas que se van a trabajar a otros países y a los que nos quedamos nos queda un gran vacío, solo el hueco de los que se van. —Es triste, no solo, tabaco, oro y café, exportamos también gente. —Sí¡ le dije. Desde los tiempos de la Colonia salían indios esclavos para Perú. —Uy, señor! eso es triste, manifestó.
Su cara preciosa, los labios suaves y la sonrisa que nunca se le borraba, se realzaban por un par de chapas chiquititas en forma de rosas que pendían de los lóbulos de sus orejas.
Le pregunté ¿son de oro? Y pasando la mano por la oreja respondió: —De oro puro!, son de cuando estaban las minas La Reyna, La Leonesa, mi bisabuelo era minero, mi mamá me cuenta cosas, en ese tiempo buena parte del pueblo trabajaba en la mina.
Dice mi mamá que gracias a Dios el oro se acabó, aquí solo quedaban los mineros enfermos, las cantinas, el negocio del guaro, la riqueza nunca se quedó, dicen que mi bisabuelo contaba muchas historias, él era minero, los mineros desde el fondo de la tierra en las galerías buscan la veta el oro, todo es calor, no hay mucho aire, el trabajo es duro, húmedo el ambiente, cuando encuentra la veta el minero se transporta, cuando se encuentra el oro tiene una gran alegría que lo energiza, lo motiva, cree que sacando ese oro la vida le cambiaría, el objetivo soñado se le cumple, trabaja intensamente, en ese momento no siente lo incómodo, lo helado o caliente de la mina, solo ve el oro, la plata, la luz débil, la oscuridad y el brillo del mineral, logra arrancar el mineral precioso al vientre profundo de la tierra.
Cuando sale, sucio, todo sudoroso, con mal olor, ni la pala, ni el pico en la mano lleva, menos el oro, el viento de fuera lo regresa a su realidad, él no tiene oro, menos plata, solo hay la tristeza del minero.
Mi bisabuelo era minero y dice mi mamá que un día cuando estaba en la mina, es hecho en medio de las cosas que tienen los hombres estas dos pepitas que yo tengo en las orejas. Me contaba mi abuelita que antes cuando había oro en este pueblo la gente era muy pobre, como pobres son todos los pueblos mineros de Nicaragua, todavía el negocio es el mismo.
Con mucha vitalidad y una gran sonrisa se puso de pie y me dijo que tuviera una buena estadía, pero de forma espontánea me señaló a un colibrí muy pequeño saboreando el néctar de una flor de avispa y expresó: ¡Qué lindo esos colores rojo, amarillo, azul! Lo hacen más bello, parece que está inmóvil sobre la flor, pero es pura ilusión, él es todo movimiento; y se fue caminando hasta la puerta de la Iglesia.
Una vez que la vi entrar sentí deseos de ir tras ella, al entrar en la Iglesia, respiré un aire de tranquilidad y paz que solo hay en los templos, ella no estaba, solo el aire perfumado, el silencio y en el fondo una viejita encendiendo arrodillada unas candelas.
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