El sueño pensado, es como el
beso dado:
Solo es cuestión de tiempo y
circunstancias
¿Puede un ser humano como Plutarco Severo vivir y morir sin cumplir su sueño, eso que constituía, secretamente, su razón de ser? Después de abrir sus ojos se levantó de la cama dando la bienvenida al nuevo día con un bostezo sonoro y contagioso que bien competía con el de un hipopótamo.
Caminó, como sonámbulo, a la entrada de su apartamento indiferente al trinar de los pajaritos que visitaban la ventana de la sala en las primeras horas del día. Encontró correspondencia nueva debajo de la puerta principal. Abrió el sobre sin curiosidad y leyó: “Feliz día del padre querido vecino”. Tomó el paquete completo y los tiró al bote de la basura.
Se dirigió al retrete con el periódico debajo del brazo. Después de leer con rapidez el titular del día, puso el enrollado papel de noticias en un costado del artefacto de porcelana y regresó a la cama. Ese día como reflejo de los últimos años casi nada le interesaba, era un pez en un desierto. Solo había algo que navegaba secretamente en su alma, pero jamás lo había expresado al mundo exterior por temor a que se burlaran de él, ni siquiera a sus esposas y queridas. Una de las pocas cosas que deseaba de verdad en la vida —sino la única— era comprar un viejo barco para usarlo como casa flotante en cualquier río tranquilo o lago y vivir junto con su mascota de cuatro años, un sabueso pequeño al que había bautizado como Curioso. Plutarco creció en un barrio populoso de Managua, pero muy pronto comenzó a viajar. Primero, huyendo de la guerra insurgente se instaló junto con su familia en Costa Rica. Luego siguió Chile, y después Estados Unidos. Ahora se encontraba en México y se dedicaba a la traducción de documentos legales. Ganaba el dinero suficiente para pagar la renta de un apartamento en un edificio moderno en el centro del Distrito Federal. Pero se sentía un poco perdido en la vida, sin decir que tenía tres divorcios en sus antecedentes sentimentales. Aquí sus amores, solo para conocer los gustos de nuestro personaje: “Muñeca” visitaba semanalmente los centros comerciales y siempre regresaba a casa con bolsas de zapatos nuevos y perfumes.
Desde luego, a mitad del mes el dinero disponible no era suficiente para comprar leche, huevos y pan. “Ratita” lideraba grupos comunitarios para organizar protestas en pro de la igualdad entre los sexos, el feminismo y los métodos anticonceptivos. Cada domingo, reunida con el clan en alguna casa, iniciaba la sesión con el lema: ¡Sexo libre, o morir! “Luchita” era la primera en llegar a la iglesia, visitaba los servicios religiosos los días martes, miércoles, jueves, sábados y domingos; fue nombrada varios años como pastora auxiliar, alto rango dentro de la congregación. Con una disfrutó los encantos de los restaurantes y moteles más exclusivos, con la otra vivió la magia de la búsqueda de los ideales, y con la última, experimentó los días serenos de la fe. Las tres coincidieron en amarlo y celarlo hasta límites inimaginables, también en abandonarlo por su manía de tirar papeles y sentimientos al bote de la basura. P. Severo un día se ilusionó cuando conoció sobre los barcos flotantes de El Sena, París. Descubrió la historia de Valiente Piel, un psiquiatra retirado dueño del Oriondo, una barcaza atracada frente a la Torre Eiffel. Sintió que su sueño no era disparatado. En un momento decisivo, vivió una situación extraña. Puso punto final a la traducción de un documento sobre una sociedad anónima bien avanzada la noche. No tenía deseos de dormir pero se dirigió a su habitación. Tomó el libro de turno de la mesita de luz: The Silkworm, de J. K. Rowling y después de leer quince páginas, lo lanzó por ahí.
Se acomodó en la cama y, viendo el techo blanco y frío de su habitación, algunas palabras comenzaron a llegar a su mente: “Casa flotante, Caurioso, Malecón de Managua, Lago Xolotlán, barco la Caracola”. La noche era bastante fría. Su cuerpo comenzó a temblar por la visión que estaba recorriendo y agitando sus entrañas. Extrañamente, se desnudó.
Se levantó, y se dirigió a la sala, abrió la ventana y gritó a la nada. “¡Ya!, ¡ya!, ¡ya sé qué hacer y a dónde ir!”, inmediatamente varias lámparas de los edificios vecinos se encendieron y se escucharon gritos reaccionarios: “¡Cállate w-e-y!”, a lo que P. Severo contestó: “¡Que viva la Caracola! ¡Que viva la Caracola en el Xolotlán!”.
A todo esto, Curioso despertó y corrió por todos lados haciendo “guau-guau-guau”. P. Severo comenzó a sonreír, corrió al espejo y no se reconoció a sí mismo. Abrió la llave del lavamanos y se mojó abundantemente el rostro. Había olvidado cómo una risa genuina del alma es capaz de resucitar a un muerto y cómo la fe en uno mismo es el mejor motor para navegar en los sueños. A las dos semanas, la puerta principal del apartamento de nuestro personaje tenía un letrero: “Disponible, si desea rentarlo puede comunicarse con la Administración del edificio”.
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