El vicepresidente Omar Halleslevens estaba a mucha distancia de Ortega, apartado, y solo veía cómo Ortega se levantaba para saludar a cada invitado que tomaba la palabra.
Alrededor de la tarima principal había miembros de la Juventud Sandinista formando una cadena humana. Eran los únicos que tenían camisetas celestes con los logos de la Juventud Sandinista y así los diferenciaban del resto que portaba camisetas blancas con los mismos logos.
Detrás de Rosario Murillo y Ortega había un grupo de jóvenes moviéndose de un lado hacia otro al compás repetitivo de la música que ambientaba el acto.
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Ana Cruz
La anécdota de la celebración la puso el diputado orteguista Evertz Cárcamo. Queriendo calmar a unos jóvenes, quienes borrachos armaron una trifulca, el parlamentario resultó golpeado y la Policía tuvo que intervenir en su defensa.
El altercado se produjo cuando Rosario Murillo acababa de hablar por primera vez en el acto de celebración del 35 aniversario de la Revolución Popular Sandinista, y fue muy notoria la riña, pero la fiesta continuó con el discurso del vicepresidente cubano Ramiro Valdés.
La festividad sandinista empezó tarde, a las 6:40 p.m., cuando llegó Murillo y el presidente inconstitucional Daniel Ortega, como ya tiene acostumbrado a los nicaragüenses en sus apariciones públicas.
Cuando Murillo y Ortega aparecieron en escena, inmediatamente se encendieron las luces de una fuente que la Alcaldía de Managua construyó detrás de la tarima principal, exactamente en el lugar donde antes estaba la Concha Acústica, que bajo su administración construyó el ya fallecido exalcalde Herty Lewites. La Concha fue destruida en mayo pasado por los sandinistas, hace apenas dos meses.
La nueva fuente hacía recordar a la fuente musical que construyó el expresidente Arnoldo Alemán en la plaza de la República y que Ortega mandó a destruir en 2007, cuando regresó al poder.
A la hora en que Ortega llegó, los presentes en la celebración, en su mayoría trabajadores del Estado, ya estaban cansados. Temprano abundaban las banderas rojinegras en alto, pero con los brazos rendidos los asistentes ya no tenían muchas ganas de mantener alzadas las banderas.
La Policía poco había hecho por controlar el consumo del licor. Los expendedores no solo estaban en los alrededores de la concentración, sino que dentro de la misma vendían licor en botellas de vidrio.
Eran deprimentes las escenas en total estado de embriaguez de los jóvenes, algunos de ellos claramente menores de 17 años de edad. Algunas muchachas hasta se dejaban manosear por los varones.
Muchos jóvenes también resultaron lastimados cuando se desintegraban las ya tradicionales pirámides humanas.
En realidad, la mayoría de la audiencia estaba desconectada de los discursos y más bien estaban en bailes y otras actividades. Los que estaban de pie, porque también había muchos en el suelo, se encontraban en su mayoría totalmente borrachos.
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