La rivalidad futbolística entre Argentina y Brasil es muy conocida, pero en esta Copa, especialmente después de la vergonzosa derrota de Brasil ante Alemania, esta rivalidad se exacerbó. Después del juego del martes, muchas personas de Viçosa, mi ciudad de residencia en Brasil, me dijeron que querían que Argentina le ganara a Holanda y después a Alemania. Eso me extrañó mucho pues el pleito brasileño con los argentinos es mayor por esta parte. Creo que aún estaban en shock cuando dijeron eso. Al día siguiente la opinión había cambiado. En Facebook se leían cosas como: “Algo peor que perder de 7 a 1, es ver ganar a Argentina en el Maracaná” o “Cualquiera, menos Argentina”. En varios estados apoyaban a Holanda, preferían que Argentina perdiera y la final quedara entre Holanda y Alemania, así fuera que Brasil tuviera que disputar el tercer lugar con Argentina y perdiera, pero era mejor que correr el riesgo de verla ganar en el emblemático estadio brasileño. También en la televisión se incentivó esa rivalidad. Pasaron reportajes en los que transmitieron celebraciones en Buenos Aires donde fregaban con el 7 a 1 y al final la reportera decía: “No podemos irnos con Argentina”. O entrevistas con turistas argentinos donde ellos bromeaban con la derrota de Brasil y al terminar el reportero decía que Brasil tenía que apoyar a Holanda. Esos mensajes fueron transmitidos durante todo el día hasta la hora del juego Holanda-Argentina, cuando el gran miedo se materializó: Argentina ganó. Hubo silencio en la ciudad. Las redes sociales se animaron. Pocos reiteraban el apoyo a “los hermanos”, refiriéndose a Argentina, por querer que la Copa se quedara en América, pero la mayoría expresaba el temor de verla campeona en casa, pues segundo me dijeron, los argentinos los molestarían para siempre con eso y sería una gran vergüenza para Brasil, mayor que la que acababan de pasar. Otros comentaban su apoyo a Alemania por su actitud en la victoria, en la cual mandó mensajes de ánimo a Brasil. Actitud también muy comentada por la TV, donde, a mi parecer, se pintó a Alemania como héroe —a pesar de haberlos derrotado— y a Argentina como villana.
Tanto era el foco en el juego de la final, que el sábado mientras Brasil intentaba el tercer lugar, las conversaciones giraban en torno a él. Vi el juego donde unos amigos brasileños y me intrigó la poca atención que todos —que son fanáticos al futbol— le estaban poniendo al partido. “Brasil va a perder, ya ni debería estar jugando”, me dijeron con un aire de desesperanza y conformidad. “Pero Argentina no puede ganar, tiene que perder de 8 a 0”. Solo uno dijo que apoyaría a Argentina, ya que según él, esa rivalidad no tenía sentido y los argentinos no tenían nada contra ellos más que cuando eran oponentes en campo. Brasil perdió, nadie se importó, ya se lo esperaban. Lo importante era la final, o mejor dicho, que Argentina no venciera en ella.
Durante la final AlemaniaArgentina, había en la ciudad un clima de expectativa y tensión. Pero fue solo el partido terminar con la derrota de Argentina que comenzó la soltadera de cohetes. En ese momento estaba en la casa de una amiga brasileña, una de las pocas que también quería que la Copa la ganara un latino. Fui a ver como estaba la calle, no hubo fiesta, pero a todo al que me encontraba lo miraba aliviado, mis amigos también me lo dijeron: Brasil perdió humillantemente, pero por lo menos al final, no tuvo que ver a su gran rival ganar. La autora es nicaragüense, graduada en Comunicación y Arte por la Universidad Federal de Viçosa, Minas Gerais, Brasil.
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