Si algo hay que reconocerle al orteguismo es que su estrategia para destruir una alternativa política a su autoritarismo ha sido efectiva. A estas alturas es común escuchar que los nicaragüenses se refieren con desdén a los políticos de oposición, a los que se les considera responsables de su propio descalabro.
Sin embargo, la envidia, el egoísmo, la corrupción y lo que en buen nicaragüense se llama “serruchadera de piso” o “puñaladas” son actitudes características de las cúpulas políticas nicaragüenses, que no se limitan a los no sandinistas, y si el Frente Sandinista, hoy en manos del orteguismo, ha logrado sofocarlas en sus filas, ha sido en gran parte por su origen político-militar, con todo lo que eso implica.
De igual manera que el sandinismo ha podido mantener orden en sus filas a toda costa, desde siempre ha tenido como objetivo y ha logrado con mucho éxito sembrar la confusión y la contradicción en las alternativas políticas no sandinistas (llamarlas alternativas democráticas no sería lo más apegado a la verdad).
Parte importante de esa estrategia es hacer parecer como “oposición” a personas que solo les mueve el oportunismo y la corrupción; y lograr distinguir entre quién es corrupto y quién es honesto, es sumamente difícil.
Es por eso que los esfuerzos de unidad a lo largo de la historia, incluyendo los que han sido exitosos, como el de la UNO en 1990, no han logrado sobrevivir. Y es por eso que los actuales llamados a la “unidad” son esfuerzos fallidos.
Son muchos los nicaragüenses, por ejemplo, que culpan a la “división” de los liberales por la victoria del Frente Sandinista en el 2006. Y los números les dan la razón. Si se suma el porcentaje de votos que obtuvo el PLC en aquella ocasión: 26 por ciento, y el que obtuvo la entonces ALN: 27 por ciento, el resultado es el mismo que obtuvo Enrique Bolaños en el 2001. Sin embargo, quienes así argumentan no recuerdan que la división se dio precisamente porque el liderazgo del PLC había pactado con el sandinismo, que es experto en explotar las debilidades de la clase política nicaragüense.
Luego en el 2008, en las elecciones municipales, la opción no sandinista se “unió”, y el orteguismo perdió Managua y cuarenta alcaldías más, que tuvo que robarse de la manera más descarada para no cederlas. La primera víctima de aquel fraude fue la “unidad”, pues 35 de las 40 alcaldías iban encabezadas por candidatos de una de las facciones liberales, mientras la otra facción —que tenía representantes en el Consejo Supremo Electoral y era la misma que había pactado con el sandinismo— apañó convenientemente el fraude.
Hoy, sin aprender la lección, de nuevo se habla de la necesidad de la “unidad” de esa variedad de partidos, movimientos y organizaciones, la que sin lugar a dudas, el orteguismo aprovechará para sembrar, una vez más, la confusión.
La unidad debe ser alrededor de una propuesta bien estructurada, con una visión de largo plazo sobre cómo construir un país más justo y libre. En otras palabras, la oposición debe pasar a ser “proposición”.
Pero mientras el esfuerzo siga centrando en amasar en una sola casilla a cuanta combinación de siglas aparezca en el espectro político, el resultado será el mismo fracaso o peor, pues ahora el proceso electoral ha sido totalmente desvirtuado.
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