Cuando Jesucristo consumó el objetivo por el cual vino a la tierra y ascendió a los Cielos para estar a la derecha de su Padre, los discípulos daban los primeros pasos hacia la Evangelización. Los cristianos llenos del poder del Espíritu Santo, daban a conocer la Buena Nueva que Jesucristo es el Señor y Salvador de la humanidad. Sin embargo, corrían el riesgo de ser asesinados por ser considerados una secta blasfema que atentaba contra la doctrina del judaísmo.
Los fariseos se empeñaron en acabar con el cristianismo, porque consideraban a Jesús un blasfemo, que se hacía pasar como Hijo de Dios. Entre los grandes perseguidores de los cristianos nos encontramos a Saulo de Tarso, fariseo que se empeñó en creer que Jesús era un hombre perverso.
La primera mención que se hace de Saulo de Tarso en la Biblia es la de un hombre enfurecido que coopera con la aniquilación del joven Esteban, el cual valientemente daba testimonio de Jesús. “Lo apedrearon (Esteban) y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo”.
Saulo, a fin de cumplir con el objetivo de erradicar a los cristianos, se dirige hacia Damasco y en el camino le sucede algo sobrenatural. “Yendo yo, cerca de Damasco, me rodeó mucha luz del cielo, y oí una voz, que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues”. Hechos 22:6-8. Saulo en ese instante cae al suelo, queda ciego y le pregunta al Señor: ¿qué quieres que haga? El Señor le indica que debe ir a Damasco y allí alguien le dará las indicaciones necesarias.
Ese encuentro personal con Jesucristo causó un gran impacto en la vida de Saulo, esa visión que tuvo camino a Damasco, le quitó las escamas de los ojos que no le dejaban ver la grandeza divina presente en la persona de Jesús. De ahora en adelante no le llamaron más Saulo, sino Pablo, el nombre que lo dio a conocer como un gran apóstol de Cristo.
“Estoy crucificado juntamente con Cristo, ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”, expresa el nuevo Pablo en su carta a los Gálatas 2:20. La conversión consistió en degradar su egocentrismo para dejar de ser el protagonista en su vida y permitirle a Jesús asumir el control de su actuar. Pablo llegó a asegurar que todo lo puede en Cristo que le fortalece. Se sentía poderoso, pero no por su propia fuerza, sino por el poder del Espíritu Santo que lo llenaba.
Gracias al poder del Espíritu Santo en él, logra trascender las fronteras del Evangelio, pues se convierte en el motor de expansión del cristianismo en el imperio romano.
El ocaso de su vida lo vivió en una cárcel de Roma. Su vida en la cárcel se había convertido en algo normal en su trayectoria de Evangelización, pues siendo cristiano también enfrentó una intensa persecución. En esta oportunidad Pablo pensó que ya se había cumplido su tiempo aquí en la tierra, y dijo: “Deseo partir y estar con Cristo”.
Al igual que en la vida de Pablo, el Señor solo va a manifestar su poder en nosotros cuando aceptemos que somos débiles, y no pongamos nuestra confianza en nuestros talentos, sino en el poder de Dios, que actúa en nosotros, cuando nos hacemos a un lado y le permitimos a Dios que Él sea el Señor de nuestras vidas. El autor es Presidente Asociación Cristiana Jesús está Vivo.
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