Desde que dejaron de llegar aquellos astros que hacían una mezcla perfecta entre derroche físico y dominio acrobático del balón, Brasil ha tenido que agarrarse del resultado para apaciguar a sus seguidores.
Pero ha quedado claro, que no le basta ganar. Tiene que brillar y arrollar. De lo contrario, es tratado con dureza. Y ante los octavos de final, el nivel de exigencia de los rivales, y sus fanáticos, va en ascenso por ser local.
Hasta ahora, Brasil tuvo dos triunfos y un empate en la fase de grupos. Ante Croacia se repuso tras un inicio en el que se vio desorientado. Su nivel mejoró, pero le faltó el gol contra México, y venció a Camerún, generando más crítica que reconocimiento.
CHILE A LA VISTA
La impresión que ha causado Brasil, hasta ahora, es que se trata de un talentoso equipo que aún necesita apretar sus tuercas, sobre todo en el mediocampo, que en vez de ser un puente que propicie más opciones ofensivas, se ausenta en el área rival.
El brillo de Neymar maquilló esa dificultad en la primera vuelta, pero ante Chile, su rival de hoy, no se puede andar con titubeos. Es agresivo, veloz y con un ataque que inicia con vigor desde la segunda línea con Vidal y Valdivia como gestores.
Evitar la conexión entre ellos y Alexis con Vargas adelante, será el trabajo de los mediocampistas brasileños, que cuando se distraen, meten en problemas hasta a sus zagueros, en lugar de generar mayores alternativas para Neymar y Fred.
BRASIL ES FAVORITO
Brasil necesita ganar hoy, no solo porque su desempeño es vital para sostener el ánimo de un país y del Mundial en general, sino porque su historia se lo exige. No ganar la Copa es un fracaso para un plantel donde el futbol, más que deporte, es religión.
Ante Chile, Brasil necesita presionar, reducirle los espacios con sus líneas juntas, para resistir con firmeza ante un oponente rápido y con habilidad al contragolpe. Pero además, precisa de un mediocampo que ofrezca opciones a sus atacantes.
Frente a un duelo que se presume vibrante, con idas y venidas, Brasil tiene la obligación de jugar bien, pero sobre todo, ganar, algo a lo que tendrán que acostumbrarse sus seguidores, ahora cuando el “jogo bonito” se ha vuelto un recuerdo lejano.
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