“Después de Somoza cualquier cosa”, ¿y luego?, el desastre. En 1979 la vieja dictadura dinástica de Nicaragua dio paso a una dictadura peor, a una que elevó al cubo la crueldad y la maldad de la anterior. Muchas veces los seres humanos hemos creído que el régimen presente es peor que cualquier otro que se nos avecine, pero nos percatamos de nuestro error tan pronto se instaura el nuevo sistema.
Maquiavelo sabía esto antes que nosotros. En su obra El príncipe dice que “los hombres cambian con gusto de señor, creyendo mejorar; y esta creencia hasta los impulsa a tomar las armas contra él; en lo cual se engañan, pues luego la experiencia les enseña que han empeorado”.
Venezuela ilustra de forma elocuente, coherente y dramática este pensamiento maquiavélico, pues ahora —más que en otras dictaduras— sus habitantes danzan al son de la inseguridad social y jurídica, el desabastecimiento, la bestial represión, la pésima administración de justicia, la megainflación, etc. Pero el origen de estas plagas no se hayan en el ya fallecido Chávez, ni en los ridículos de Maduro, sino, en la astuta e incisiva estupidez con que Cuba ejerce el poder en Caracas.
La enorme autoridad que practica La Habana en este país petrolero es un fenómeno extraño que desprende un fuerte aroma a incomprensión y una expansiva sensación de sorpresa, tomando en cuenta que Cuba es nueve veces más pequeña que Venezuela, a la vez que Venezuela tiene el triple de la población cubana y en economía la aventaja en cuatro veces. El país que alberga las mayores reservas de petróleo pesado del mundo tiene en sus estructuras más sensibles a funcionarios cubanos, o simplemente, los asuntos de Estados más delicados son controlados por La Habana.
Para muchos Cuba lleva años perfeccionando el sistema, que le permite incidir con gran eficacia y de manera casi imperceptible en los asuntos de otros Estados y pese a que todos los países lo hacen, pocos son tan exitosos como Cuba. En Venezuela esto le es sumamente rentables a la isla, pues reciben como moneda de cambio más de cien mil barriles de petróleo diarios, inversiones y apoyo financiero, que se sangran a través de empresas cubanas y la contratación de miles de profesionales cubanos. El cuarenta por ciento del intercambio comercial de la isla está ligado a su aliado venezolano, del que depende más del veinte por ciento del PIB, en conclusión, Venezuela da mucho más ayuda a Cuba que la que recibía de la otrora potente Unión Soviética.
Las concesiones de Chávez a Cuba llegaron a su clímax cuando La Habana trató el cáncer que acabaría con su propia vida. El deschavetado Chávez confió ciegamente en los médicos que Castro le recomendó, atendiéndose casi todo el tiempo en La Habana bajo una densa nube de hermetismo.
El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, parece no tocar fondo en la dependencia venezolana de La Habana. Muy a lo castrista y castrense ha reprimido de manera brutal las justas manifestaciones estudiantiles empleando, desde luego, las tácticas perfeccionadas por el Estado policial que controla Cuba desde hace un muchísimo tiempo.
Los venezolanos no deben seguir dándole tiempo a la esperanza, pues por tener esta el poder de entretener al desgraciado, los griegos la tenían como la fuente de todos los males. La oposición debe de seguir en las calles protestando hasta emanciparse de Maduro y del Estado parásito llamado Cuba. El autor es intelectual chontaleño
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