Desde el hotel que había elegido para vacacionar, en aquella isla paradisíaca, miró hacía la playa blanca que constantemente era acariciada por el oleaje, la tarde caía y el sol lentamente cruzaba la inmensidad de las aguas queriendo alcanzar la otra orilla del océano, allá en donde las aguas parecían hundirse en una oquedad profunda. El paisaje era digno de un poema hecho música. Los veraneantes yendo y viniendo meciéndose sobre la costa, las barquitas de velas empujadas por el viento.
El espectáculo era tan especial que Noé quedó extasiado. Con la mirada recorrió cada palmo; ¡de pronto!, por extremo izquierdo apareció una muchacha de tez blanca y bronceada, de cabellera larga color castaño. Podía ver en su rostro la sonrisa jovial que llegaba hasta el alma, el natural rojo de sus labios. La miró avanzar sobre la arena, su figura era perfecta, los pies descalzos iban sembrando huellas que en segundos las olas espumosas arrastraban hasta el vientre salado de la mar embravecida.
Noé no pudo apartar la vista de la muchacha y siguió cada movimiento, hasta verla pasar a distancia frente al hotel, que entre palmeras mostraba su arquitectura colonial. Ella siguió caminando mientras el oleaje besaba sus pies. Obligado por el desplazamiento de la joven, giró la mirada a su derecha, ahora podía ver su cabellera larga artísticamente tendida sobre la espalda. El sol casi se zambullía entre las encrespadas aguas formidables, ya no percibía el carmesí de sus labios, ni el color de su piel, ahora solo se proyectaba su elegante silueta que se fue alejando hasta el extremo derecho de la costa.
Hubo un momento liberado de escandalosos ruidos, solo los tumbos se escuchaban como un secreto, un susurro agradable al oído; mientras la noche tendía su negro tapado de elegante señora. Noé sintió que un mosquito se posaba en su nariz, e instintivamente llevó la mano al rostro para espantar al intruso, abrió los ojos y se dio cuenta que se encontraba sobre el lecho cubierto de impecables sábanas blancas, quedó desconcertado, ¿acaso había sido un sueño? Miró el reloj sobre la mesa; marcaba la 1:00 de la madrugada, no podía ser; desde la puesta de sol que había observado disfrutando la figura a contraluz de la muchacha, había transcurrido mucho tiempo, sonrió, pero al momento, quedó atónito; pegada a la piel de sus manos morenas estaba la arena blanca y las gotas de agua salada aún resbalaban por su cuello, y un extraño olor a caracoles inundaba la habitación.
Esa tarde de playa, sol y pedacitos de noche quedaron en el misterio. Noé volvió a la rutina: el trabajo, gente que va y viene sobre la calzada, vendedores con sus ocurrentes pregones —“El cacao con leche, la cosa de horno, me vas a querer amorcitooo”—, la algarabía infantil en busca de sueños y mariposas, los motorizados repartiendo su insoportable ruido y dejando escapar el smog que te asfixia, entorpeciendo la mente y deteriorando la vida.
Aquel día, cayendo ya la tarde, después de cumplir compromisos de trabajo, llegó a la universidad para colaborar con diferentes actividades que la intelectualidad demandaba, allí, se encontró con su amigo Raúl: docente y director de la facultad de Medicina, este le dio la bienvenida presentándole a dos amigas que compartían el disfrute de la amistad; una de ellas hizo que Noé quedara inmóvil, como que si aquel rostro lo regresara a otro momento de su vida. Contuvo la respiración, luego respiró profundo, el rostro suave y blanco, la sonrisa inigualable y contagiosa, el pelo castaño suelto sobre la espalda. ¿Sería ella? La muchacha volvió a sonreír, y alargando la mano pronunció su nombre: “¡Hola!, Kargrizmar, encantada de conocerlo”.
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