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as probabilidades de un auténtico diálogo nacional son remotas. Después de la iniciativa de los obispos, en breve las preguntas podrían ser ¿porqué no fue posible?, ¿de verdad creímos que ocurriría?, mientras los exaltados intercambien recriminaciones inútiles.
En todo caso ¿de cuál diálogo nacional se ha hablado? Parece que la oposición lo ha visualizado como reunión con la pareja presidencial para exigir cambios en la Ley Electoral y magistrados, elecciones honestas, cese a la represión callejera, despartidización del Estado y demás, y que los consortes, bajo luces y cámaras, reconozcan sus errores y rectifiquen.
Otros han dado la impresión que aspiran a una convención de grupos políticos, gremiales, empresariales, religiosos, organismos no gubernamentales, en la que expondrían durante semanas sus puntos de vista, que el Gobierno debería aceptar.
Sin embargo, estos no serían diálogos, sino que soñada versión pinolera de David contra Goliat, donde el primero exhibiría jubiloso la cabeza del segundo. El incómodo detalle es por lo que hemos visto que el David criollo no es ni salvador ni enviado por Dios ni cuenta con tiradora, y que a este Goliat más bien habría que convencerlo para que, en un proceso decoroso, enmendara sus caprichos.
Hasta ahora las propuestas conocidas se asemejan a las cartas a Santa Claus, en este caso Daniel Ortega con merecida fama de repartidor de regalos y que desde hace años acuerda con empresarios y uno que otro partido minoritario, a quienes hasta cargos concede, mientras la opinión pública se entretiene con alertas de temblores, demoliciones, carnavales, los altos costos de la gasolina y los frijoles.
Está demostrado que los Ortega-Murillo escuchan y consienten a grupos que no buscan su derrota o tienen qué poner sobre la mesa. Los que esgrimen un discurso retador, que además no le representan amenaza alguna, quedan al margen bajo peligro de deshidratación. Tiene sentido, desde su cosmovisión: ¿para qué reunirse con quienes dicen ser adversarios y carecen de fuerza?
El Gobierno ha sabido conducir y profundizar la ineficacia de sus oponentes, que acuden a la cúpula empresarial o religiosa como intercesoras. A pesar de esta fatalidad, aún no comprenden por qué sus propias filas se declaran defraudadas, siendo notorio que ciertos personajes no solamente tienen un pié en El Carmen, sino que medio cuerpo con cabeza incluida.
Así las cosas, revisando con lupa y telescopio el panorama, logro distinguir cuatro motivos para que los Ortega-Murillo acepten el llamado a un diálogo nacional. El primero, que concluyan que les conviene mostrar aires de democracia. Otro, que los grupos opositores amanecieran liderando masivas protestas ciudadanas. El tercero, que inviten a los politiqueros a una mascarada para propinarles el tiro de gracia grupal. Y la cuarta, que con serenidad decidan retornar al sendero institucional, asegurando de paso su eventual retiro sin sobresaltos.
Lo crítico, como bien sabemos, es que ni el ambiente político internacional presiona como debiera por la democracia en nuestro país, ni la oposición ha demostrado garra para sudar en la calle demandas populares. Esto, guste o no, nos deja a merced de la tercera y cuarta opción, donde en una se organice un espectáculo para que nada cambie, bajo inminente riesgo de quedar liquidada la precaria credibilidad en los partidos opositores; o bien la cuarta: que en El Carmen aflore algo de sentido común y buena voluntad que facilite estabilidad y paz bajo términos aceptables para todos. Esta última, para muchos, no tiene la mínima posibilidad. Entonces, ¿habrá diálogo nacional? El autor es periodista.
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