El rey Juan Carlos de España abdicó ayer en favor de su hijo Felipe, quien asumirá la corona con el nombre oficial de Felipe VI.
Abdicación se le llama a la renuncia de un rey o reina al poder soberano del Estado, siendo la dimisión el término equivalente cuando quien deja el poder voluntariamente, antes de cumplir su período, es un mandatario elegido mediante el voto popular.
De la abdicación de Juan Carlos se venía hablando con insistencia desde hace algún tiempo, por sus continuos quebrantos de salud, por algunos actos no necesariamente correctos en su conducta personal y, sobre todo, por el escándalo de corrupción con consecuencia judicial en el que se ha involucrado su yerno, Iñaki Undargarin, esposo de la princesa Cristina, que inevitablemente ha impactado de manera negativa en el prestigio de la Casa Real española.
A fines del año pasado, una encuesta de la empresa consultora Sigma Dos, publicada por el diario español El Mundo, reveló que “menos de la mitad de los españoles aprueban la monarquía como forma de gobierno (49 por ciento). El 62 por ciento considera beneficiosa una abdicación de Juan Carlos y el 56 por ciento cree que (el príncipe) Felipe está en condiciones
de restaurar el prestigio si llega al trono”. En ese contexto, José Antonio Zarzalejos, exdirector del gran periódico monárquico de España, ABC, alertó públicamente que “el rey no tiene demasiado margen de tiempo. Con la actual correlación de fuerzas en las Cortes (Parlamento), podría traspasar la jefatura del Estado al príncipe. Si se pasa de fecha, y hay peligro que así sea, las cañas pueden transformarse en lanzas ante un Parlamento en 2016 menos dispuesto que el actual a franquear a la institución una renovación rápida y generosa”.
Ayer, al anunciar su abdicación Juan Carlos dijo que había pensado en esta trascendental decisión desde que en enero de este año cumplió 76 años de edad. Pero solo doce días antes de ese cumpleaños, en su mensaje de Nochebuena del año pasado, el rey de España —quien según recordó ayer el diario español El País había asegurado que moriría “con la corona puesta” — expresó categóricamente que seguiría desempeñando sus funciones “con ejemplaridad y transparencia”, o sea que no estaba dispuesto a abdicar. De manera que es razonable suponer que la creciente impopularidad personal y los consejos de un amigo sincero y sabio como Zarzalejos, influyeron de manera determinante en la decisión del rey de abdicar a favor de su hijo Felipe.
Dijo Juan Carlos en su mensaje de ayer, que cuando vuelve la mirada atrás no puede sino sentir orgullo “por lo mucho y bueno” conseguido en estos años, y gratitud hacia los españoles por el apoyo que le han dado. Tiene razón, Juan Carlos, de sentirse orgulloso por lo mucho que ha hecho por España, en primer lugar su determinante patrocinio de la transición democrática española, una experiencia histórica de trascendencia mundial que lamentablemente no en todas partes se ha sabido aprovechar.
Como en Nicaragua, donde no se concibe la abdicación o renuncia al poder y la transición democrática fue abortada por la ambición de un nuevo-viejo dictador.
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