Por Sergio Bustamante
Apenas el sonido del frenazo llegó hasta mis oídos, reaccioné con un giro hacia la izquierda. era un sonido desesperado, angustioso, emitido por un hombre a bordo de una motocicleta. cada segundo la moto se acercaba más al costado derecho del taxi. finalmente impactó. Fue estruendoso. Nunca había presenciado un choque como ese y ante semejante imagen, solo corrí hacia la escena.
—¡Crucemos, vamos! —grité a mi amigo mientras alcanzábamos el otro lado de la calle para ver cómo se encontraban las personas. Era una pareja de jóvenes, les calculé entre 21 y 24 años. Para el momento en que estábamos con ellos, el conductor del taxi en un acto supremo de cobardía se había dado a la fuga.
Los muchachos ya eran parte de las cifras que maneja la Dirección Nacional de Tránsito, en relación a cuántos accidentes que involucran a motociclistas se dan por día. Uno de los veinte que se estiman.
Era sorprendente ver al joven conductor de la moto (quien recibió de lleno el impacto), estar de pie con apenas algunos “chimones” viendo cómo se encontraba su acompañante, quien yacía inconsciente en el piso. No perdí más tiempo y saqué mi celular para llamar al número de emergencias ya había un hombre más con nosotros. No contestaban en el 128 y cada minuto contaba para esa mujer.
Le decíamos al joven que no moviera a la muchacha, típico porque lo hemos visto en la televisión.
—¡No la movás! Esperemos que venga la ambulancia.
Sorpresivamente al lado mío apareció un hombre de baja estatura, con barba, cara y cuerpo redondos. Él marcaba a los bomberos.
Me saludó amablemente y con cada suspiro que exhalaba cerca de mí pude apreciar su embriaguez, que casi me contagiaba. Pero una vez que le contestaron me pasó el teléfono. Hablé con el operador y le indiqué tal cual lo sucedido y la urgencia de que llegara una ambulancia.
De repente ya éramos más de 15 personas alrededor, ahí al costado sur de la gasolinera Uno en Carretera a Masaya, la mayoría motociclistas que pasaban en el lugar contemplaban la escena. Era triste ver la impotencia del joven, más aún su preocupación por el bienestar de su acompañante a quien daba besos en las mejillas.
Un oficial de la Policía que casualmente iba por ese rumbo se parqueó a inspeccionar lo sucedido. Las versiones de cómo era el carro fueron variando entre los presentes. Para mí era blanco, para otro gris, para un trabajador de la gasolinera simplemente oscuro.
Lo que sí estaba seguro era que tenía placa impar pues las rayas pintadas en el taxi eran de color amarillas con negro. A los pocos minutos llegó la ambulancia y se encargaron de evaluar el estado de la joven, quien abría los ojos pero estaba en completo estado de shock.
Poco después Martín —así se llamaba el joven— se fue en la ambulancia acompañando a la muchacha herida. Alguien preguntó por su casco y ya se lo habían robado, o mejor dicho hicieron desaparecer el pedazo que había quedado.
Con más calma, después de 28 minutos de estrés, yo divagaba en variedad de pensamientos y uno de los que más me acechaba era la huida del conductor. Quizás vaya a leer estas líneas y valga la pena agradecerle que mi idea de comprar una motocicleta es algo para postergar.

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